lunes, 29 de octubre de 2018

#EleNão




Tenía dos años y medio, como la primita a la que yo ya cuidaba, y un hermano de cuatro meses. Recuerdo la primera vez que fui a su casa. Recuerdo la luz que entraba por la ventana de la sala donde nos sentamos a conocernos su madre y yo. Recuerdo a Lelé sentada en mi regazo, recuerdo a Samuel en el de su madre, no logro recordarlo a él. Mi memoria salta de ahí a la imagen de Luca como una presencia instalada, cotidiana, rotunda de esos días en Alemania. 

A partir de ahí me encargué de los tres niños con la dedicación de una misionera, convirtiéndolos en mi propósito de los siguientes diez meses. Esto lo digo ahora, que miro para atrás y observo esa parte de mi vida con verdadero asombro. Porque en ese momento, supongo que a eso se refiere el zen cuando habla de estar presente: no podía hacer otra cosa que estar ahí mientras cuidaba dos niños y un bebé que no eran míos. Era puro cuerpo e instinto, muy poco pensamiento, la inteligencia provenía de otro lado. Del amor, de la compasión y de la fuerza de la vida que emanaba de ellos abriéndose paso como una campaña de conquista. Fue una experiencia única y maravillosa, extremadamente agotadora y satisfactoria. 

Sin embargo, hubo con Luca una relación que nunca he podido definir con palabras, porque ninguna de ellas es capaz de superar los límites que en ese momento imponía la diferencia de edad ‒poco menos de 23 años de distancia‒ de aquello que había entre nosotros: no eramos amigos ‒no era que pudiéramos irnos a un bar a contarnos historias‒, ni enamorados, ni madre e hijo. Luca y yo eramos Luca y yo y, en la mitad, una confianza ciega, un entendimiento mágico, la sensación de libertad total, un amor transparente, colorido y robusto como una piedra preciosa. La primera vez que nos separamos, hablamos una vez por teléfono, Luca estaba en Brasil, yo en Alemania, es la única vez que alguien me ha dicho "tenho saudade de vocé". Eu também menino, eu também.

Luca debe tener ahora dieciocho años y una vaga idea de quien soy. Cuando lo vi por última vez yo sabía lo que iba a pasar: él se quedaría conmigo para siempre aunque no pudiera recordarme ni recordar lo que habíamos sido. Y su manera de quedarse fue a través de su madre y lo bien que escribe sobre la vida y sobre Brasil en Facebook, a través de un portuñol que se resiste a salir de mi cabeza, a través de la música brasileña de la que me rodeo concienzudamente. 

Hoy Luca publica en la red social más o menos dos veces al año, cada vez me sorprende la madurez con que dice lo que dice y a la vez hay algo de eso que me resulta absolutamente familiar y que acaso sea su espíritu, eso que siempre ha sido y con lo que yo me relacionaba profundamente y por pura afinidad. 

Hoy atardecí pensando en el niño que se sentía tan cómodo frente a la diferencia de los otros e intuyo su decepción por lo que está pasando en Brasil. Solo se me ocurre devolverle el gesto de consuelo que me regaló un día de invierno particularmente difícil y agotador hace quince años. Estaba anocheciendo, su hermano dormía ‒por fin‒ la siesta, Luca estaba parado a mi altura exacta en el alféizar de la ventana de la sala (¿ya dije que solo tenía tres años?). Mirando los dos para afuera, me preguntó si estaba cansada (yo estaba cansada y triste pero él aún no conocía esa palabra) y cuando le respondí que sí, que mucho, pasó su brazo por mis hombros, me dio un beso en la cabeza, se volvió otra vez hacia la calle y guardó silencio hasta que yo pude volver a hablar.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Querido Luka

No sabía nada de Croacia más que lo que había visto en la selección del 98, la misma que quedó de tercera en ese maravilloso partido frente a Holanda que debió haber sido la final. En esa época la juventud no me daba para interesarme todavía en asuntos de política global: no recuerdo haber sabido siquiera que era un país recién nacido, solo veo a Suker liderando un equipo que jugaba lindo lindo.

El mundo todavía estaba desconectado, el internet era incipiente, no había redes sociales ni mucho menos, así que mi interés por Croacia se fue diluyendo con el tiempo en lo que sí podía encontrar en la biblioteca de la Universidad: Munch, Escher, Velásquez, Casona, Cortázar y Borges y alguna cosa que pasaba en los teatros de Medellín y Bogotá donde me enteré de la existencia de Pessoa, García Lorca y los payasos rusos.

Sin embargo, cada cuatro años le echaba un vistazo al equipo arlequín para ver qué onda. Nunca me había vuelto a entusiasmar más allá del uniforme, que siempre es un encanto. Hasta ahora.

Recuerdo que me programé para ver el partido contra Argentina, por Argentina, básicamente; pero desde que vi esa combinación de cuadros negros y grises supe que algo muy importante estaba por pasar. Croacia (tú) se hizo un partidazo ese día, y junto a Bélgica, se convirtieron en mis favoritos del 2018. Se lo dije a mi hermano apenas terminada la primera ronda: «La final va a ser Bélgica vs Croacia». Él no me dijo que no, pero tampoco me creyó; estaba pensando en Brasil, Francia, Inglaterra y hasta en Colombia.

Debo confesarte, querido Luka, que no te había visto jugar nunca. Quiero decir, seguro que sí, pero brevemente, y no te había puesto ninguna atención. No puedo ser hincha del Real Madrid siendo hincha del Barcelona, y soy hincha del Barcelona por Messi, y soy hincha de Messi porque es mejor (de la manera linda que digo yo) que Ronaldo —esa máquina de jugar fútbol que no soporto—. Siento mucho estar hablando así de tu colega —y posiblemente amigo—, no es nada personal, solo preferencias de juego, pura estética. Lo que sí lamento es que por ello me haya perdido tanto tiempo el goce de verte jugar. Menos mal que llegaste a Rusia para ser, como dijo alguien en estos días, un diez de verdad, de esos que cuando tocan el balón hacen que todo se acomode en la cancha y, cuando las cosas están patas arriba, que el hincha pueda respirar. Y entonces yo me fijé y me enamoré del juego de esa Croacia que me devolvía al 98 y tuve la suerte de llegar a la final con esa selección, porque no hay nada más excitante en el fútbol que tener el corazón comprometido con uno de los dos mejores equipos del mundo.

Así que aquí está alguien del otro lado del mundo (de tu mundo y en todos los sentidos que puedo imaginar) agradeciéndote por hacer lo que en este otro país todos queremos y no podemos: llevar a cabo la epopeya en la que los buenos son quienes ganan las batallas, donde es posible que la fuerza del corazón y la inteligencia del cuerpo te lleven a un lugar mejor que esta realidad mediocre y comandada por la estupidez que es el mundo en general y esta parte del mundo en particular.

Gracias a ti, un país hasta ahora desconocido se ha convertido en mi anhelo, y ya sabemos que el deseo es el que nos mantiene vivos. Han venido las casualidades a avivar la hoguera y me he enterado, por ejemplo, de que mi primo que vive en Berlín dice que tu patria es su segunda patria y también hace poco me di cuenta de que alguien a quien perseguí por años tenía ascendencia croata y se me ocurrió pensar que no era a él a quien buscaba sino algo que se asomaba detrás de su corazón: un país menos remoto.

lunes, 11 de agosto de 2014

Te pido que me avises

Cuando el Hombre pudo por fin negociar con la parca su hora de la muerte, los gobiernos se preocuparon mucho, estaban acostumbrados a gobernar sobre la vida y, sobre todo, sobre la muerte. Esta nueva realidad daba al traste con la mitad del trabajo hecho en el proceso de civilización. Sin embargo, María se alegró mucho, pero no por la perspectiva de poder vivir hasta que quisiera, como todos los demás, sino porque le parecía que antes, morirse así, dejando un cuerpo atrás, como un cascarón vacío y en general feo, era de muy mal gusto. 

Todo esto lo pensó el día que se levantó sabiendo que ya había sido suficiente. Se tomó una taza de su té favorito y supo qué se sentía hacerlo por última vez, entonces decidió lo mismo para cada momento del resto del buen día que se regaló. Le satisfacía, ante todo, poder irse mientras se sentía feliz, le parecía que hacerlo peleada con la vida sería un poco grosero y muy ordinario. 

Mientras miraba el atardecer desde su balcón que daba a las montañas, sintió un hormigueo en la mano izquierda que le confirmó que la hora había llegado. Terminó la botella de vino que se estaba tomando mientras el cielo se oscurecía y con la última copa en la mano fue a preparar el baño. Entró al agua y sintió un placer sutil cuando comprobó que la temperatura era perfecta. Estuvo mucho rato así, dejando su pensamiento correr libre por su memoria, miró sus dedos arrugados por el agua y recordó el día en que descubrió por qué sucedía aquello. Se convenció de que siempre había valido la pena justo cuando el agua comenzaba a enfriarse, así que cerró la boca y abrió los ojos, se sumergió y vio cómo los bordes de su cuerpo se iban desvaneciendo y dejando en el agua una tinta de color cian, mientras un cosquilleo dulce la recorría toda. Alcanzó a pensar, antes de languidecer, que era más hermoso de lo que se había imaginado. 

***

Cuando llegué supe de inmediato que María ya no estaba, entré al hermoso baño que ella misma había diseñado, con su claraboya que miraba a las estrellas, e invadida por un olor suave a citronela me asomé a la bañera en la que se arremolinaba una tinta de color azul. No pude evitar sonreír, metí la mano y acabé de revolver el agua, cuando las figuras desaparecieron del todo para dejarla de un solo color, tiré de la cadena del tapón y me sorprendí diciendo adiós con la mano. Me pregunto quién hará lo mismo conmigo cuando decida convertirme en árbol.

miércoles, 2 de julio de 2014

Mi historia con Andrés

En ese instante me estaba amarrando los cordones del zapato derecho y en la radio dijeron, entre otras muchas palabras que no recuerdo, "mataron a Andrés Escobar". Yo estaba lejos, en el Cauca, durmiendo en una casa de monjas como voluntaria de un grupo de la Defensa Civil que atendía a los damnificados de la avalancha del río Páez. Era muy temprano en la mañana, nos alistábamos para comenzar a trabajar, una de mis compañeras estaba frente a mí, ambas levantamos la cabeza como jaladas de un tirón y ella me miró con ese miedo que da la certeza de la inminencia del dolor que se cierne sobre los demás, después me diría que había visto cómo el color de mi rostro había desaparecido en un segundo. Lo siguiente que recuerdo es a mi mejor amiga de esa época subir corriendo las escaleras que nos separaban, mirarme y acercarse despacio, tal vez me abrazó. 

Yo tenía 17 años y Andrés era mi amor platónico desde que tenía 12. Jung diría que era mi noción completa de masculinidad resumida en un solo hombre. Practicaba el mismo deporte que mi hermano mayor, de quien aprendí todo sobre el fútbol (de qué se trata, cómo funciona, por qué hay que amarlo), era lo más guapo que se podía ver en una cancha, tenía diez años más que yo y, para colmo, vivía al frente del Colegio donde yo estudiaba.

Después de escuchar la noticia, los recuerdos de ese viaje suceden aparte de esa historia, por más que trato, no puedo juntar las emociones de dos tragedias tan distintas. Cuando volví a Medellín, ya todo había "pasado". Recuerdo que dejé el morral de viaje en la cama y vi sobre el escritorio donde estudiaba un arrume de periódicos. Mis papás habían guardado todo lo que se había publicado de Andrés durante esos días, ellos, tan mayores y tan campesinos antioqueños que no compartían casi nada de mis gustos, ella, mi mamá, que aún dice que le parece horrible la música de los Toreros Verdes y los Enanitos Muertos, me dejó los recortes ahí, sin decir una sola palabra y yo supe que se solidarizaba como nadie con el dolor del primer amor caprichoso de su hija adolescente. 

Como si fuera un altar, dejé ese montoncito de papel sin leer, tal como estaba, durante mucho tiempo, con la esperanza de que así la sensación de tragedia desapareciera, de que Andrés desapareciera en el olvido que nos merecen todos los muertos en este país. Siempre he sabido que en ello había algo de vergüenza, creo que en ese momento no pude comprender por qué me dolía tanto la ausencia de alguien a quien no conocía. Y no atiné a saber qué hacer con él y Andrés se me fue al fondo. Lo único que se me ocurrió y a la desesperada fue pelear con el fútbol, como quien se enoja con un desconocido al que nunca le importó porque nunca se dio cuenta. Desde ese día no he visto un solo partido completo de la liga colombiana, el gusto se me fue para Argentina primero y después para España, un tiempo para Italia. Jamás pagué una boleta para ir a ver fútbol. Y de los colombianos solo seguí a la selección y eso si les iba bien. Sí, incluso ahora, con este equipo que vine a ver en el último partido de las eliminatorias al Mundial, y nada más antecitos de que empezara me empecé a dar cuenta de que estos jugadores no se parecen tanto a nosotros, a esa gente que mata lo que más ama porque prefiere verlo muerto que aceptar que no le ama de vuelta como quisiera, porque lo prefiere muerto que contradiciéndole. 

Ahora creo que lo peor de mi historia fue no haber podido estar aquí, acompañando y dejándome acompañar por los millares de dolientes que dejó Andrés, para poder comprender que tenía derecho a ese dolor, porque Andrés era tan mío como de todos nosotros. Ahora, después de tantos dolores de patria, de tantos amados desconocidos muertos que me han hecho envejecer y comprender, puedo decir, por fin, que Andrés nunca me ha dejado de doler en el alma. 

domingo, 8 de junio de 2014

La cura

Una amiga, twittera famosa –eso digo yo que de Twitter sé poco–  o por lo menos afortunada, acaba de entrar en una nueva categoría de lo que se podría llamar “twitteras pudientes” cuando hace pocos días tuvo un intercambio de twitts con el mismísimo Ministro de Salud. Ella se pregunta qué es lo que ha hecho el mismísimo por la salud de los colombianos, el señor le respondió y al final de un par de mensajes de ida vuelta, él quiso zanjar la situación, digo yo, diciéndole que le podía ayudar con “su caso”. No sé en qué paró la cosa, este país, con sus Zuluagas y sus Nairos, ha ocupado el resto de tiempo libre que me queda después de intentar salvar mi propio mundo cada día. La cosa es que a mí la anécdota me indignó con el Ministro porque me parece que lo que queda en el aire es que uno tiene que tener Twitter, además de suficientes “seguidores”, que le permitan ser lo bastante importante en ese mundo irreal que son las redes, para poder que le paren bolas aquí en el mundo real. Así que tengo que confesar que me hubiera jodido menos que el Ministro se quedara en silencio, menos mal habrá algún funcionario público que se solidarice con Alejandro Gaviria, porque claro, a él le valdrá tres huevos mi indignación, problemas más grandes tiene para lidiar con ellos y eso lo puedo entender.

Y lo puedo entender porque sé que hay algo mucho más malvado en ese sistema que nos hemos inventado para privatizar el bien común que antaño era la medicina y que en términos prácticos significaba la posibilidad de curarse de una enfermedad. En ese volverlo un negocio hemos perdido mucho más de lo que hemos ganado. Yo quiero hablar aquí de lo que para mí ha sido la peor pérdida de todas.

Le sobran argumentos a la medicina occidental –la dueña del negocio a través de las farmacéuticas– para proscribir la medicina tradicional y alternativa, pero su argumento más poderoso, con el que pretende zanjar el asunto como el señor Ministro, es que esa otra medicina no cura, como si la occidental sí lo hiciera, o lo hiciera aunque fuera un poco mejor. Pero la verdad es que no, que lo hace peor que todas las demás, y no hablo de la negligencia de la que quiere hablar mi amiga en Twitter.

Después de tres años padeciendo una enfermedad crónica, hace unos días me encontré por fin con lo que vengo temiendo hace la mitad de esos años: un doctor que viene y me receta Roacután. 

Para los que no sepan, este medicamento se hizo conocido en Colombia porque es el antagonista más taimado de la tragedia que escribiera hace poco más de un año Piedad Bonnett, sobre hechos reales ocurridos a su hijo Daniel en el cual especula que el Roacután, un medicamento para curar el acné, ayudó a disparar la enfermedad mental que lo llevó al suicidio. Por supuesto nada está comprobado. Después de leer el libro, googleé al Roacután, en ese momento –lo recuerdo muy bien–, además de una columna donde Piedad Bonnett habla directamente de la droga y algunas referencias a su libro, encontré varios blogs y foros donde la gente contaba experiencias parecidas de contraindicaciones y efectos secundarios que provocaba el medicamento y que iban desde una resequedad completa y crónica de todas las mucosas, con efectos devastadores en el cuerpo y la calidad de vida, hasta síntomas de depresión severa e intentos de suicidio. Toda una historia de terror. 

Hace una semana, en la última estación de mi periplo –lo llamo así por pretenciosa, ha sido más bien una búsqueda desordenada– por encontrar un remedio, fui donde un médico general muy recomendado por una amiga, para consultarlo por otra cosa mucho menos preocupante, pero al ver su experticia y amabilidad decidí hablarle de mi acné fuera de tiempo. Él, con mucha claridad, me expuso varias razones por las que se podía dar este problema, me explicó asociaciones que se podían hacer y al final me dijo que me iba a mandar un medicamento que era completamente efectivo y me recetó Roacután en una dosis muy baja porque mi problema no parecía tan grave. Me habló de las maravillas del medicamento pero me advirtió que era un poco tóxico por lo que no debería quedar embarazada mientras lo consumiera, ya que el “producto” podía sufrir daños. 

Yo esperé todo el tiempo que me hablara de las demás contraindicaciones, me quedé mirándolo y esperando que me dijera algo sobre la depresión, o por lo menos de la resequedad, pero no. Eso sí, muy amablemente me pidió que le firmara la historia clínica donde decía que yo había recibido “toda la información” necesaria sobre el medicamento. 

Después de tres años preguntándome cómo es posible que el hombre haya sido capaz de llegar a la Luna, inventarse el televisor, seguir siendo capaz de esas cosas y de otras aún más difíciles como hacer de la venganza una política pública, no puedo comprender cómo no es capaz de encontrar algo  efectivo para contrarrestar un problema de acné, y no puedo evitar pensar que tiene que ver con la rentabilidad del negocio (la caja de Roacután vale $200.000). Además, si el Ministro parece no poder hacer mucho con la negligencia ramplona de las prestadoras de salud, qué podemos esperar que haga con la ética de un médico que prescribe, así como así, algo que puede afectar sin vuelta atrás la vida de una persona. Sobre todo cuando en internet ya hay que rebuscar mucho para encontrar algún blog que hable del padecimiento de la resequedad, porque de la depresión solo queda la columna de Piedad. En cambio, de primero está un video de un programa casero de Youtube de una española que dedica más de veinte minutos a hablar de lo fantástico que es el Roacután, y la gente a preguntarle cómo se puede conseguir. 

sábado, 24 de mayo de 2014

Voto en blanco

Porque mis convicciones más profundas no me permiten otra cosa; porque esta vez no voy a votar en contra -ya lo hice muchas veces y la última supe que había cometido un gran error no más escuchar el discurso del candidato electo-, porque es la única opción que me deja mi conciencia, porque votar a conciencia es hoy, más que nunca, hacer lo correcto, y en estos tiempos hacer lo correcto es darle algo de pelea al cinismo que nos tiene sin alma.

Voto en blanco porque no puedo votar por Clara López, con quien difiero frente a opiniones que nos definen tanto como la despenalización del aborto y la eutanasia; una mujer liberal que está en contra es, para mí, sospechosa. No voto por ella porque hace parte de un partido (y sí, creo que los partidos aún dicen mucho de los políticos colombianos) que ni en su expresión más inteligente ha demostrado la capacidad para administrar un país. Y porque he oído de sus simpatizantes las más panfletarias respuestas a nuestros problemas.

Voto en blanco porque no voy a votar por Peñalosa. Sin ponernos a hablar de delitos que no se le han comprobado -pero que yo creo que cometió- está visto que en realidad cree que no todos somos iguales, "trabajé como obrero raso en una construcción, tan raso que era el único no negro de la obra" dijo una vez; no creo que alguien que diga semejante cosa en voz alta y en público esté capacitado para gobernar un país que es uno de los más desiguales del planeta. Es un tipo con pocas propuestas sociales que quiere quedar bien con todo el mundo. Nada que me represente menos. Y pocos seres humanos menos capacitados para gobernar con justicia que aquellos que apuntan a decir lo que el otro quiere escuchar.

Voto en blanco porque no puedo votar por Santos, un señor que era uribista, que lo fue hasta hace nada. Y, en mi opinión, Uribe es demasiado en sí mismo, pero por lo menos está convencido de lo suyo a partir de lo que le dicta su monstruo interior; sin embargo, verlo desde afuera y declararse seguidor convierte a cualquier persona con un dedo de poder en la frente en una amenaza pública (lo mismo va para Peñalosa, que también es uribista solo cuando le conviene. No hablemos de Oscar Iván). Tampoco puedo votar por alguien que es responsable -aunque sea por una omisión del tamaño de un elefante-, de la tragedia nacional que son los falsos positivos.

Voto en blanco porque no puedo votar por Marta Lucía Ramírez. Yo no sé si la han visto tan poco como yo, pero de ese poquito solo me queda esta sensación: pobrecita, no sabe dónde está parada, lo que sabe, lo sabe por RCN y la W. Pero dejando ese argumento, la doctora Ramírez salió elegida como candidata de su partido en unas elecciones que fueron lo que se dice una porquería de corrupción de lo más rastrero.

Y  de ninguna manera voy a votar por Oscar Iván Zuluaga. Nada más de verle la cara uno sabe que algo muy malo va a pasar cuando sea presidente. Por supuesto, eso no es lo peor, lo peor es lo que todos sabemos, lo peor es lo que revela el video, lo peor de todo es lo que revela la respuesta del candidato cuando se le preguntó por el video, y no digo más porque pa’ qué.


Por eso voy a votar en blanco y no será -como dijo Héctor Abad en su pasada columna- por nosotros los que votaremos en blanco que este país quede a merced de la derecha, no señor. Muy posiblemente Iván Zuluaga ganará, y con él la ultra derecha gobernará a Colombia por otros ocho largos años, pero no será por nuestros votos en blanco, será porque desde Punta Gallinas, hasta Leticia, y como los noticieros no se han cansado de mostrarnos estas últimas semanas, este país se lo merece. 

martes, 13 de agosto de 2013

Nada más qué temer



El fantasma sabía que ella era quien tenía el poder de hacerle aparecer, sin embargo, si alguien le hubiera preguntado, ella habría preferido disimular para no tener que abdicar ante ese poder; por eso, la tranquilizaba el hecho de que ya nadie le preguntara por su expresión anonadada cuando las cortinas sonaban mientras se movían solas: nadie quería verla dudar y tener que reconocer que estaba loca. Ella, a su vez, procuraba no abrir ningún interrogatorio que pudiera llevar al otro a creer que tenía derecho de hacer lo mismo, no porque le diera vergüenza la locura, sino porque la mirada incrédula de los otros la devolvía a ese terreno pantanoso de la especulación, que además de antojársele vulgar, le aterraba.

Después de un tiempo en el que el fantasma se aparecía casi todos los días, ella había comenzado a pensar seriamente en el asunto; le había dado muchas vueltas y a pesar de su innegable inteligencia, contaba solo con un par de conclusiones. Al principio, por supuesto, quiso hacer ver a los otros el fantasma que tan palpable era para ella, fue inútil. Peor aún fue pensar que existía otra alternativa posible para responder a esa necesidad de no quedarse sola con él, se dedicó entonces, y con urgencia, a pedirle a los demás que corroboraran lo que a todas luces solo ella veía, no hacen falta muchas competencias para darse cuenta de lo absurdo de esta situación, así que rápidamente dejó la empresa imposible de desear que los otros –simplemente– le creyeran cuando juraba que era verdad que un fantasma la visitaba todas las noches y algunas tardes. Intentando verse a sí misma a través de los demás estrategia de comprensión que usa toda persona inteligente se dio cuenta de la mencionada falta de elegancia en la que estaba incurriendo. Fue también por esos días que toda la cuestión le provocó terror. Las confundidas preguntas de los demás, sus caras de escepticismo, inevitablemente, la ponían a dudar, no de su cordura que ella sabía hasta dónde llegaba sino de la existencia misma del fantasma y la conexión entre él y sus manifestaciones. Y lo más pavoroso de todo: a pesar de esa puesta en duda, el fantasma no dejaba de estar ahí.

Sin embargo, el fantasma siempre supo lo que ella tardó años en darse cuenta: un fantasma es como cualquier otra cosa en el mundo, que para que exista, hacen falta dos, a saber, la cosa y el que la ve desde afuera. Y esto es así, si bien los filósofos aún se preguntan si una estrella existe aunque no la veamos; el fantasma y ella decidieron que no y que todos los científicos que contradicen esta verdad están chiflados, o a ver dónde están las investigaciones sobre las estrellas que no vemos: ¿cuántas son?, ¿dónde están ubicadas?, ¿cómo se llaman?, ¿cuantos años tienen? Y si una cosa no tiene nombre ni edad no puede existir, todos los niños lo saben, por eso hacen estas dos preguntas en primer lugar, antes de cualquier otra cosa como pedir un helado o que les presten las llaves. Aclaración para evitar acusaciones de locura que a estas alturas no tienen ningún sentido: se conoce la existencia (Luca, 13 años por estos días) de por lo menos un niño, que hacía esta última pregunta después de las dos anteriormente mencionadas, es decir, nombre, edad, ¿me prestas tus llaves?

Así las cosas, ella hizo lo que su madre siempre le aconsejaba en estos casos y se “echó al dolor” de vivir con un fantasma. Que no era muy práctico y ahuyentaba a la mayoría de la gente, fue lo primero que tuvo que aceptar, después entendió que a la gente la ahuyenta casi cualquier cosa buena para la salud. Cuando se sentía con ganas de estar con gente, se hacía la cuerda, era muy fácil, solo tenía que ponerse muy seria e intentar mantenerse en la mitad de cualquier cosa, ni muy fría, ni muy caliente, ni muy feliz, ni muy triste. No hubo quien no se complaciera con su nueva actitud. Y cuando el fantasma hacía algún ruido al pasar, ella fingía y decía cosas como “ha sido el viento” o “los fantasmas no existen”, aunque a veces se compadecía de sus personas favoritas y entonces les decía, muy pacito para que nadie más oyera: “no estás loco, yo también veo un fantasma”. 

domingo, 14 de julio de 2013

Esas cosas que me pasan

Cuando estábamos en la universidad, tuvimos un tiempo, mi amiga desde esas épocas y yo, que nos dio por ir cada dos años al Festival Iberoamericano de Teatro. Nos enamoramos de Bogotá en esos paseos en los que teníamos plata nada más que para caminar y caminar entre una obra callejera y la otra, y para dos funciones en sala que había que escoger con mucho cuidado. Se podrá suponer que esos días sucedían como dentro de Gran Hermano —pero sin cámaras—: podíamos sostener conversaciones de seis horas solo interrumpidas por algunos silencios de abstracción acompañada. Por supuesto, no había tema que no se tocara, ni chisme que no se depurara hasta lograr la elegancia a la que aún hoy aspiramos.

Un día de esos, metidas en Tower Records, mirando discos en uno de sus callejones vacíos, nos dio por hablar del profesor con el que mi amiga coqueteaba, a nuestras anchas lo fuimos dejando como un cuero —igual estábamos a 900 kilómetros del tipo—. En nuestra defensa hay que decir que desde ese entonces, además de poco ético (que muchos profesores universitarios lo hagan no le quita al gesto su dudosa calidad moral), el tipo ya era un cojo emocional de profesión, con lo cual no hacía sino dar papaya. Pues sí que, tras haber probado nuestra inteligencia en los más finos chistes, nos encaminamos hacia el otro callejón. Yo iba detrás, y cuando doblábamos la esquina, lo que antes era la Cordillera Oriental se convirtió en el stand que separaba los discos de los libros. En una milésima de segundo mi amiga ha alcanzado a ver al mismísimo susodicho profesor muy ensimismado viendo algo, justo detrás del lugar donde hacía unos segundos nosotras habíamos dejado al pobre títere sin cabeza. Tuvo él la decencia —todo hay que decirlo— de no levantar la cabeza hasta que nosotras nos escabulléramos, medio atragantadas con una carcajada, alejándonos —esta vez sí— lo más que pudimos.

II
Andaba de niñera en Alemania, por esos días me encontraba por primera vez con las disfuncionalidades de personalidad que desembocarían en el lugar de manicomio que es mi adultez, y por supuesto, desde ya, trataba de conjurarlas a punta de conversaciones con mis hermanas de inmigración. Una de ellas me invitó a una fiesta en un bar para celebrar no me acuerdo qué. Como no conocíamos a casi nadie, nos pudimos dar el lujo de hablar español sin ser demasiado maleducadas, seguro yo ya necesitaba terapia incesante y en alemán era muy difícil.

Después de un rato, la muchacha que nos atendía cambió puesto con un tipo que podía hacer sentir al más sexy modelo de Hugo Boss como el jorobado de Notre Dame, y así lo expresé, en un español acelerado y cerrado por si las dudas algún compañero de mesa tenía alguna noción. De ahí en adelante, cada vez que el mesero se acercaba, a mí se me ocurría una nueva guarrada para describirlo. Casi al final de la noche, mientras pedía la cuenta en alemán y dejaba volar mi imaginación al respecto en español, a mi amiga se le ocurrió la idea de que lo único que me faltaba pasar en aquel desdichado país era que el mesero hablara nuestro idioma, yo me morí de la risa con lo gracioso del chiste, pagué mi parte a Hugo y le agradecí por su atención, él —tal vez un poco demasiado amable— me dijo: “con mucho gusto”, en perfecto castellano.

III
Como en los últimos cuatro años, hace unos meses, me fui un fin de semana a la Feria del Libro de Bogotá. Mi amigo Pedro me había enseñado la que sería —él lo sabía— mi librería favorita de la ciudad. Quise compartir el descubrimiento con todo el mundo y un viernes que no paró nunca de llover, decidimos encontrarnos allí con Juan, uno de mis mejores amigos paisas, el mismo que una prestadora de servicios del sector petrolero se llevó hace dos años a Bogotá y que a falta de más tiempo tuve que educar sobre la ciudad en los pocos días que estuve allá. El futuro cliente llegó a Casa Tomada después que Pedro y yo ya nos habíamos tomado la primera ronda de té. Su emoción por el lugar, aunque predecible, me ayudó a entrar un poco más en calor. Con el ánimo de que sus ojos brillaran un poquito más, le anuncié que la librería tenía atrás un stand completo de los Libros del Zorro Rojo, nuestra editorial favorita. Alguna cosa que no habíamos visto debería estar esperándonos, le dije, y antes de que pudiera  terminar, él ya estaba buscando el dichoso stand. Llegamos hasta la puerta de la sala de literatura infantil y juvenil y tuvimos que parar en seco porque había un taller de ilustración. Me dio un poco de vergüenza tener que pasar por toda la mitad, entre el profesor y los alumnos, para llegar a nuestro objetivo, pero al lado de Juan y Pedro, la vergüenza tiende a extinguirse rápidamente. Para el momento en el que acabé de pensar en esto, mi amigo ya había cruzado la sala en un solo salto de gacela, yo, que tengo las piernas cortas, lo seguí lo más rápido que pude y susurré un par de "perdones" que no sé si alguien quiso escuchar.

Igual, al tomar el primer libro, ya no importó, porque ahí entramos en un mundo que solo nos pertenece a algunos privilegiados que nos gusta ese género maravilloso del que se ha hecho cargo Zorro Rojo. Algo que se podría llamar literatura ilustrada y que me gusta tanto como me gustaría que me gustara todo lo demás (uno se pierde de mucho cuando no le gusta algo, desde la cebolla hasta las personas del mismo sexo, pasando por la poesía o el fútbol), pero nuestro corazón, a pesar de que tiene la capacidad de un parqueadero, no podría soportarlo. Echamos una mirada rápida y nos abalanzamos sobre una copia de El monje y la hija del verdugo,  ilustrada por Santiago Caruso. Y aquí tengo que hacer una precisión.

Caruso es un ilustrador argentino que conocí por otro libro de Zorro Rojo, una versión de La condesa sangrienta, de Pisarnik, ilustrada por él y que tengo por costumbre sobar por lo menos una vez al mes. Santiago —me disculpará él por la confianza— es para mí, además de indispensable —como muchos otros que se dedican a la hermosa labor de ilustrar las palabras—, un ilustrador que, quién sabe cómo y por qué, me hace sentir que alguien me vio por dentro. Tengo una teoría personal de que eso es el arte: la capacidad de que algo te hable de ti mismo de manera tan íntima como para abochornarte; no sé si a ustedes les ha pasado. 

Sigo con la historia. Abro cualquier página de El monje, no puedo evitar mirar a Juan, mostrarle y exclamar: “este tipo tiene huevo”. Estoy completamente segura de que fue coincidencia porque de verdad que lo dije en voz baja, pero en ese momento el profesor de acento extranjero les explica algo a sus alumnos, mientras alza un poco la voz, tanto, como para interrumpir mi placer asombrado. Trato de no hacer caso y ni lo miro, pero pienso —porque mi desvergüenza tampoco llega a tanto como para sentir que mi puro egoísmo es los suficientemente válido como para decirlo en voz alta— ¡que yo estoy haciendo un esfuerzo grande para no interrumpir, que solo hablo bajo porque finalmente no voy a comprar el libro aquí, pero que bien podría este tipo no gritar para no distraerme mientras miro el último trabajo de mi ilustrador favorito que, estoy segura, ya quisiera ser él!.

Salimos de ahí corriendo, Pedro nos esperaba leyendo y con un par de tés que bebimos rápidamente para no llegar tarde al teatro.

Una vez en Medellín, en la sobada de libros del mes, se me ocurre buscar a Caruso en Facebook, le doy “me gusta” a su fan page, me pongo a ver dibujos, y de las primeras cosas que encuentro es una foto en la que está etiquetado junto a una chica colombiana que la publica y en la que aparece al lado del profesor del taller de ilustración al que asistió en abril pasado. Por supuesto identifico el lugar, es Casa Tomada. 

jueves, 24 de mayo de 2012

Querido Bartleby


Hace un par de meses, esa maravillosa editorial independiente que se llama Tragaluz lanzó un concurso que, como todo lo demás, invitaba a participar con el mero nombre; Primera página se llamaba y consistía en escribir precisamente la primera página (no más de 2.400 caracteres) de un libro imposible llamado Las cartas que Bartleby leyó. Bártleby, para los que no sepan, es el personaje de un cuento de Herman Melville; escrito a principios de siglo, Bartleby el escribiente se convirtió en un texto de culto del que se dice fue una de las grandes influencias de la narrativa contemporánea. Oscuro y desconcertante el relato resulta bastante sugerente, lo que hizo del concurso, con su maravilloso título (para entenderlo mejor, no sólo al título sino esto que escribo, es preciso leer el texto que se puede descargar aquí), una coquetería imposible de rechazar. Y aunque no hice parte de los cinco textos a publicar, aquí está mi Primera Página.


Querido Bartleby

Se sorprenderá de recibir esta carta dirigida a usted en medio del tumulto que a diario (yo sé) lee antes de tirar a la pira. No es difícil encontrar a alguien que tiene como oficio ordenar las cartas muertas, sólo hay que escribir una. He de confesarle que ya alguna vez he escrito una nota a alguien que jamás la leerá y, en el colmo del abandono, la he enviado a dirección incorrecta, esperando el milagro de que las manos que la llevan a tan buena muerte, sean tan delicadas, que aquello que me une con el destinatario imposible arda también con ella.

No me creerá si le digo la verdad, pero es mejor que la sepa si quiero que llegue a comprenderme: acabo de cerrar un libro donde usted es el protagonista. Sí, amigo (déjeme decirle así, sólo a un amigo se le pueden decir estas cosas), es usted un personaje. Pero no se aflija ¿quién puede decir que no lo es? Yo muy bien podría serlo de una historia que usted leyera, y así lo intuyo Bartleby, entre nosotros hay un muro que hace de espejo, somos la proyección negativa el uno del otro, miro la pared que tengo al frente mientras escribo y lo veo a usted del otro lado, de pie mirando una ventana.

Al contrario de usted yo vivo en un mundo luminoso, la gente toda es tan brillante, tan competente, llena de ideas, cada cual más formidable, pero no como las mías, contenidas en párrafos que aquí llaman interminables, sino ideas tan preciosas como precisas, que en 140 caracteres logran decir todo lo que quieren. Semejante asepsia la logramos tratando la oscuridad con potentes reflectores, estallando la luz contra las sombras hasta que las cosas casi dejan de tener volumen. Por eso, cuando los de aquí lo leen, no pueden dejar de sentir lástima por usted, pero yo no, Bartleby, lo que yo siento es envidia de su capacidad de ponerle fin a todas las expectativas que la gente de bien (como su próximo jefe) tiene sobre usted, debe ser el hombre más libre que haya conocido, ya quisiera yo su talento para la simplicidad, su facultad para el silencio, la férrea convicción con que se pierde horas haciendo tareas intrascendentes porque así lo prefiere. Acaso una de esas veces usted también me vea y me regale la compasión que merezco, porque solo usted, Bartleby, va a entender si le confieso que yo quisiera ser como usted, que con total impunidad es lo que en verdad todos somos: insignificante.

Suya,

a.

lunes, 7 de mayo de 2012

De caravana



Que Argentina es Buenos Aires, que los argentinos no son latinos y después de la dictadura no se dejan tocar de un policía, que allá solo se baila tango, que Spinetta y Charly son los únicos dioses. Mitos que llegan hasta nuestros oídos desde el silencio de las postales y el ruido de los turistas y que se derrumban estrepitosamente al son del baile que cada semana anima ese personaje grande que es La Mona Jiménez, en esa noche que se llama ir de caravana.

Empecemos por el principio, una cosa es Buenos Aires y sus porteños, y otra, el resto de miles de kilómetros de provincia y provincianos que completan la Argentina. Algo de eso ha llegado a Medellín con los Chalchaleros y Mercedes Sosa. Así como suena de distinto un tango de una samba, así de distinta es la gente de la capital a la del resto del país. Cuando uno se acerca a la provincia el país empieza a explayarse, gigantesco sobre sus reales proporciones, entonces de la tierra brotan algo más que vacas y uvas y su corazón suena más parecido al zapateo en rombos de la chacarera y el tiringuistinguis del chamamé litoral, que al bandoneón.

Córdoba es la ciudad grande de ese mundo de provincia y se ve chiquitica al lado del gran Buenos Aires. El acento con que allí se habla, reconocible a kilómetros por el oído humano, tiene un ritmo entrecortado, nada que ver con el suavizado scho con que los porteños dicen yo. Y es allí donde hace años nació Juan Carlos Jiménez Rufino: La Mona Jiménez.

La primera vez que la escuché mencionar pensé en la imagen de una señora rubia, después de un segundo tuve que preguntar y me dijeron que no, que La Mona, la mica le diríamos aquí, era el padre del cuarteto, esa música bailable de los barrios populares de Córdoba que ahora hace de las fiestas, de cualquier clase, una fiesta de verdad.

En este viaje por fin encuentro a un amigo fan dispuesto a llevarme de Caravana. Es noche de verano, en todo el día la temperatura no ha bajado de 38 grados. Comemos tarde y me tomo unos mates mientras espero que vengan a la una de la mañana, para ir con tiempo suficiente al baile semanal de La Mona. Aunque para mí es de madrugada la noche apenas comienza.

En diez minutos llegamos a San Vicente, uno de los barrios más populares de la ciudad, nada de aretes, ni que tenga valor, me habían dicho todos. Las advertencias fueron el primer síntoma de que entraba en un país distinto, a medida que nos acercamos al Club Sargento Cabral esa sensación se acentúa con cada nueva pinta que nos encontramos: mujeres con mucha producción, como dicen por aquí, nunca había visto tanto esfuerzo en las argentinas por ponerse divinas. De verdad estamos llegando a lo que en Latinoamérica se conoce como baile. Una fila para las mujeres y otra para los hombres, ellos pagan más, las chicas están tan cómodas con el montón de maquillaje como con el precio de la boleta. Después de pasar por la taquilla nos encontramos con la Policía: se me vienen a la mente varios amigos argentinos escandalizados por cuenta de las requisas a las que fueron sometidos en Medellín. Aquí se supone que no existe tal cosa, a mí, que estoy acostumbrada, me importa un bledo, pero con la Policía, como siempre y en cualquier lugar del mundo, lo peor está por llegar.

Cuando entramos el lugar todavía está medio vacío. Al frente, una tarima bien dispuesta y en un rincón de la discoteca con pinta de coliseo, el lugar para conseguir un Fernet con Coca. El otro infaltable de la noche. La tercera bebida nacional, y yo diría que la primera local, de la que no se puede separar el cuarteto. Ya viene hacia nosotros el kit imprescindible: una botella de plástico con suficiente Fernet empacado, un vaso gigante de coca y una bolsita de hielo.

En la tarima está cantando con su banda un chico de unos 28 años: camisilla nueva que deja ver unos bien ejercitados brazos, varios tatuajes y bluyín. Es el hijo de La Mona que abre la noche en con un derroche de entusiasmo de estrella de la canción que no tiene nada que ver con lo que está pasando abajo. La poca gente que ha llegado casi ni lo escucha, todos conversamos y preparamos el Fernet, tomamos varias rondas entre risas y miradas furtivas alrededor, para ir ubicando a los presentes en una especie de reconocimiento de manada. Por supuesto nosotros somos de los extraños, nos miran un poco de arriba abajo y el asunto se zanja devolviendo una mirada cortés pero sin asomo de condescendencia. Cuando menos pensamos todo se llena, hay más de 1.000 personas, la mayoría entre los 20 y los 30 años, algunos, bastante menores. Al lado nuestro hay un grupo de chicos que no pasan de los 16, todos hombres, concentrados en sus charlas, ajenos al atento y prudente estado de cacería que debería suponer una manada de cachorros en un baile.

Y ahora sí, a lo que vinimos, después de que el hijo de La Mona termina su show hay una pausa. Silencio. Aparecen alrededor de 12 músicos en escena, de todas las generaciones y fachas, el primero es el hijo, que hace de corista, también hay un guitarrista que debe rondar los 70 años, el pelo visiblemente teñido de rojo cobre, un rostro cadavérico e inexpresivo, excepto porque parece no tener ningunas ganas de estar ahí ¿Estará vivo? De un momento a otro uno de los más jóvenes sale del teclado y toma el micrófono para anunciar lo que viene al estilo “agüita pa’ mi gente”, todo el mundo grita, alza la voz para ser más exactos, porque lo que realmente surge, como una exclamación, son las manos arriba, las manos de todos que repiten frenéticamente un gesto parecido al de los sordomudos cuando aplauden.

La Mona sale al escenario. Tiene más de sesenta años, es un tipo chiquito, de contextura gruesa y fuerte, de pelo negrísimo y rizado que le llega a los hombros; trae unos pantalones que combinan Fiebre de Sábado en la Noche con Adidas, celeste Argentina, con letras de tela blanca cosidas sobre el azul que dicen: La Mona. Saluda personalmente a mucha gente, las manos arriba no paran de moverse, hacen señas, La Mona les responde y con cada seña que hace con sus manos menciona en voz alta un barrio de Córdoba, los más jóvenes se suben a los hombros de alguien para que él los vea, no a ellos, sino al barrio que representan con una seña. Se bajan cuando él los mira, reconoce la seña, nombra el barrio con un nombre en señas que él mismo se inventó. La imagen es hermosa y abrasadora. La temperatura sube por lo menos cinco grados en un par de minutos.

Empieza el baile. El cuarteto es una especie de merengue acelerado que obliga al bailarín a zapatear un poco. Al principio nadie baila y al final de cada pieza nadie aplaude, eso sí, cada canción es gritada por las mil gargantas, apasionadamente, y de vuelta, están las señas. La Mona anuncia que las chicas quieren bailar y pide que les dejen espacio. Junto a nosotros pasa un intento de “ronda” que consiste en unas 10 o 12 mujeres que bailan cogidas de la mano mientras abarcan todo el espacio desplazándose en un enorme círculo. En ese momento se deja venir la policía, nos dicen que nos movamos. Frente a mí, uno de los chicos, o no se da cuenta o se hace el boludo, y no se mueve a tiempo para que el policía pase. El cana lo coge de un brazo, lo mira fijamente, se le acerca hasta empañarle los ojos, y con el bastoncito que lleva en la mano le da unos golpecitos no tan suaves en la quijada, le repite que se mueva “porque hay que hacer espacio a la ronda de las chicas”. Al muchacho le da miedo, a mí también. El policía no está jugando, como le conteste algo le parte la cara, y él, que acaba de pagar 20 pesos para estar ahí, agacha la cabeza y se mueve del lugar.

Lo siguiente que recuerdo es estar metida en la ronda bailando cuarteto como si se fuera a acabar el mundo, tocan una de Wilfrido Vargas y por fin yo también puedo cantar. En una pausa la banda sale a descansar y anuncia que volverá en unos minutos. Nosotros nos vamos. Todo ha estado muy tranquilo pero parece que la clave es salir antes del final que es donde se arma el quilombo, me lo creo, esto tampoco es el paraíso; y el Fernet, combinado con el despecho y la ropa empapada de sudor, no debe ser buen consejero. Es la madrugada, nos vamos a tomar algo antes de irnos a casa, imposible intentar dormir así no más. Somos tres mujeres y un hombre, pronto, la conversación deja de ser sobre La Mona y pasa a ubicarse en el montón de papacitos que había en ese lugar, de ahí en adelante una charla femenina imposible de repetir.

Antes de conciliar el sueño me digo: La Mona no tiene nada, ni belleza, ni voz, ni música, casi ni letras, que dicen muy poco, pero parece que lo dicen como es, porque lo que se ve en este lugar es a miles de personas cantando como solo se canta eso que habla de nosotros mejor que nosotros mismos. Eso es el cuarteto, pero sobre todo, eso es él, no hay nadie que lo reemplace. Los nuevos cuarteteros ni se atreven a imitarlo, sería ridículo, porque él es el tipo que hace que existan, el barrio existe porque La Mona lo nombra y le otorga un gesto a alguien que está cansado de no saber quién es. En el baile La Mona habló de Cosquín, el festival de música folclórica más importante de Argentina, acaba de llegar de allí. Hace doce años también lo invitaron y a las tres canciones lo sacaron a silbidos por el lío que se armó con los fans que lo acompañaron. Creo que lo que pasó en realidad es que esa música de “negros” no era para ese escenario casi sagrado. Ahora volvió a terminar lo que empezó ese día. Al final de su presentación en Cosquín, como aquí, lo aplauden sin remedio y sin descanso. Parece que los “negros” son, además de cuarteteros, muchos, y se están haciendo respetar, ellos también son argentinos.

martes, 28 de febrero de 2012

Mi hermano es un super héroe



Mi único hermano, el mayor de nosotros dos, no es un tipo de discursos, excepto por algunas consignas filosóficas de entrenador de fútbol —irrepetibles por demás— se podría decir que carece completamente de él. Nunca le he escuchado decir que quiere salvar el mundo, de hecho, si alguien le pregunta dirá que sólo quiere ganar plata para mantener bien a su familia, sin embargo, estudió para ser profe de educación física, y a sus 37 años yo creo que es, sobre todo, un maestro. Me explico: con eso de querer plata dejó el equipo de la B del Medellín para dedicarse a buscar un trabajo bien pago que le alcanzara para comprase una moto grande y algún día una casa y un carro, así que terminó de entrenador de fútbol en un colegio de niños ricos. A mí nunca se me hubiera ocurrido algo así, a casi nadie que yo conozca, pero parado desde ese lugar aparentemente tan superficial, mi hermano hace más por el mundo que la mayoría, se supone que yo tengo más discurso, tengo un ser político desarrollado, leo mucho y todas esas cosas que él no hace, pero cuando voy a ver, mi hermano me lleva años en eso de realmente hacer algo por este mundo: educa seres humanos, y desde su intuición y su saber específico lo hace siempre para bien.

Él, por ejemplo, dice (y yo creo que de verdad lo cree) que uno compite para ganar, nada de eso de que lo importante es participar, pero luego me cuenta que estuvo conversando con una niña de 10 años que es grande para su edad (y seguro, y por lo mismo, un poco torpe) para convencerla de que entre al equipo de basquetbol de su curso, ella acepta y en menos de un año ya no le faltan amigos porque con la ventaja de su talla y un buen entrenamiento de sus habilidades, hace ganar a su equipo, que es lo que él dice que buscaba, pero ojo, lo suyo no es falsa modestia, simplemente, para él, la concepción del deporte como un eje de desarrollo humano es tan obvia que lo que hay que explicar es lo de el vicio de ganar.

Un día, el hijo del rector del colegio estrato 7 donde trabajaba estaba en el descanso corriendo por encima de las jardineras, pisoteando las plantas, mi hermano le pide que se baje de ahí, y el niño le responde: ¿es que usted no sabe quién es mi papá? Mi hermano le contesta: ¿y es que usted no sabe quién es el mío?, cuando nos lo cuenta en casa todos nos largamos a reír, el niño quedó tan desconcertado que dejó de hacer lo que estaba haciendo… el sentido del humor es una característica del amor, sé que mi hermano ama como pocos lo que hace, y lo hace cuidando cada cosa que dice en frente de sus alumnos, de las personas que de alguna manera tiene a su cargo; teniendo en cuenta que la mayoría de estos jóvenes con que trabaja lo único que tienen es plata, hace una labor de incalculable valor, hay padres de adolescentes que cuando ya no saben qué hacer “amenazan” a sus hijos con contarle al entrenador Cárdenas, porque muchas veces ha sido lo único que funciona, porque mi hermano sabe que pocas cosas son tan importantes para el ser humano como la contención, mi hermano es tan grande que es capaz de contener a todos sus alumnos.

Mi hermano tiene dos hijos, como padre joven, le conocí un par de errores que cometió cuando el mayor de ellos estaba pequeño (si es que a eso se le pueden llamar errores, a comparación de lo que se ve en el mundo) y seguramente no será perfecto ni mucho menos (ya se encargarán mis sobrinos de dejarlo bien claro) pero es un padre que ya quisieran haber tenido muchos, mis sobrinos lo consideran uno de sus mejores amigos, y eso que varias veces que se enojan con él, por un descuerdo de esos fundamentales entre padres e hijos que termina con el retoño castigado, les recuerda (y ahí si tiene discurso) que él no está para ser su amigo, que tienen permiso de odiarlo cuanto quieran, que él está para ser papá y ayudarlos a ser buenas personas —y por lo tanto personas felices— y que de eso hablarán dentro de 20 años (literal, me ha tocado escucharlo), y yo lo admiro porque eso requiere valentía, o por lo menos a mí me lo parece, que soy la tía chévere que solo quiere que la quieran. También porque es un padre razonable, amoroso, con criterio y autoridad moral suficientes.

Mi hermano fue mi mejor amigo mucho tiempo (y por eso desde siempre he valorado inmensamente la amistad masculina) y es uno de mis superhéroes favoritos, es casi todo lo que dice Pala, desde “un papá que regala condones”, hasta una “chispa de humanidad”, un hombre que, ahí donde lo ven, le ha cambiado por completo la vida a más de uno, un ser humano fácil que confía en la vida, que por las noches se duerme tan rápido como quien no tiene de qué arrepentirse, que cree que la felicidad está en las cosas básicas, que se ubica en el presente casi tan bien como un maestro zen, un bonachón que enternece con su ingenuidad y su falta de malicia, que ha sido capaz, así, con su aparente precariedad, de hacer feliz durante 17 años a la mujer que ama, en el acto simple de elegirla una y otra vez (incluso a pesar de ella misma) como tan pocos hombres tienen huevos para hacer… después de eso no me queda mucho más qué decir, o si no, que lo digan mis amigas.

domingo, 23 de enero de 2011

Carta pública a Toti




No sé cómo empezar este mensaje para vos… tenés nada más doce años y yo te llevo 21… te he visto crecer estando lo más cerca que he podido y tengo que decir que ha sido una aventura alucinante, parecida a lo que sería ver a mi propio hermano (tu papá) nacer y crecer de nuevo, pero mejor, porque digamos lo que digamos, a pesar de todas las apariencias, los seres humanos cada vez somos mejores. Serás mejor que nosotros. Así que aquí estamos, vos en tu aborrencencia (que una vez se acabe no le desearás a nadie) pasando por el peor momento de tu vida, y yo, más vieja, también un poquitín más sabia, tal vez pasando por el mejor momento de mi vida, queriendo que fuera posible que tu dolor, mejor que tuyo, fuera el mío… pero nada, mejor vos a tu fútbol y tu play 3 y yo a mis letras, mis palabras, a escribirte; ambos haciendo lo que mejor sabemos hacer.

Ser tu tía, ser mayor, no me daría derecho a superficializar tu sufrimiento, máxime sabiendo lo que es perder así, en tres minutos, inexplicablemente. Porque yo me la he pasado llegando tarde al amor, como vos a veces a una pelota, sé de ese dolor impotente y desgarrador. Yo también quisiera devolver el tiempo, hacer las cosas mejor, incluyendo ayudarte; poder advertirte, no dejarte perder, pero así no funciona la vida. Esto es lo que trato de decirte: si el fútbol es la vida que escogiste, tendrás que aprender a transitar muchas veces por lugares como en el que ahora te encuentras, sin embargo, digamos que tiene sus cosas; aunque no depende sólo de vos, trae también grandes amigos; y sí, el azar interviene, pero muchas veces será a tu favor; el árbitro se equivoca, pero hay a quien odiar para no odiarse a sí mismo; cuando uno desacierta, desaciertan todos, pero el espectáculo es tan apasionante que miles de personas pagarán para verte.


Tú y tus amigos merecían ganar y aunque siempre es bueno mirar atrás para no repetir las historias que uno no quiere, asumir así las responsabilidades y ayudar a otros a asumir las propias, espero (y te lo digo porque sé qué clase de ser te habita) que mirar atrás no se convierta en una obsesión que lastime tu alma o hiera tu corazón de forma irreparable. Los seres humanos amamos el drama, tanto como para convertir cada dolor en sufrimiento, lo cual es totalmente innecesario. Llora lo que tengas que llorar, enójate y desahógate, pero mantén un lugar dentro de ti que nada pueda romper, el lugar donde descanse la dignidad y resida lo que te hace humano, porque de ese lugar procede toda felicidad en la vida, nada vale la pena ponerla en riesgo, y no olvides que ese lugar, en el centro de tu corazón, se alimenta de todo lo bueno que hay en cada situación: tus amigos, Simón y Willmar (que te necesitan y necesitas, no hay nada que una más a dos personas que compartir el mismo dolor), la dedicación de tus entrenadores, un papá que supo conseguirte el mejor equipo, el privilegio de poder dedicar tu vida a hacer lo que más te gusta, tu talento… y por si eso fuera poco: una casa, un perro, un hogar, una mesa, una comida y sobretodo, el amor de un ejército de personas (papá, mamá, hermano, abuelos, varios amigos, y por lo menos una tía) que daríamos nuestro dedo meñique porque nos permitieran cambiar de lugar contigo, relevarte en el ejercicio de vivir por estos días, en que hasta respirar te duele; porque saber con certeza que otros nos aman de verdad, es lo único que nos salva de morir en el intento de vivir y ser felices para contarlo, oficio que nunca se acaba de aprender.
Si te sirve en algo de consuelo, creo que a pesar de todo tuviste un debut impresionante, eres un jugador maravilloso: talentoso, inteligente, maduro en la táctica y la estrategia, y en lo personal, tengo que decir que me complace y me divierte tu decisión de apostar por defender más que atacar, porque sé que proviene de la sabiduría que te hace entender que es más importante ganar que brillar, lo que te hace tener un estilo generoso, preocupado por su equipo, sinuoso y aguerrido, silencioso pero efectivo, delicioso. Ese bajo perfil, que songo sorongo te llevará muy lejos, se me antoja un cierto gusto (que comparto contigo) por el “tras bambalinas”, por hacer el trabajo importante que no sale en los créditos sino al final de la película.



Perdóname entonces si te hablo como si ya fueras grande, arriesgándome a que no entiendas nada, pero en la cancha sos tan viejo que tengo que verte al lado del árbitro, corriendo como un pingüino, para recordar tu edad, en ese momento se me encharcan los ojos, porque ese recuerdo me llena el corazón con todo lo que yo te he querido desde la primera vez que te vi, cuando cabías todito sobre mis piernas, esa vez me sonreíste y yo supe que te caía bien y que te iba a llevar conmigo para siempre. Tendrás que crecer antes de entender que a mí, ahora, no me cabe el orgullo en el pecho y que por eso me pongo a gritar en la tribuna que yo te quiero, como corresponde a la primera fan de todos los que seguramente te sobrarán en la vida.





sábado, 25 de diciembre de 2010

Navidad 2010




Si hay algo que ahora pudiera regalar a cada persona que quiero sería que tuvieran lo que ahora tengo yo, sin tener que pasar por el año que acabo de pasar; les entregaría gratis este estar al otro lado de una manera tan anónima y sutil, tan silenciosa e irrelevante como cuando la serpiente cambia de piel, y sin embargo, este poder ser otro cuando ya es tan difícil ser uno mismo, estrenar alma como cuando se pone uno un vestido nuevo, una bonita y mejor, esa que un año atrás apenas mirábamos en la vitrina. A todos toditos, les regalaría eso, y me volvería a parir a mi misma dos veces si con ello a quienes más amo les ahorrara su propio parto, así como debió ser esa cosa de la venida del espíritu santo que les regaló una vez a sus amigos ese que hoy celebramos que nació. Pero no se puede, supongo que una cosa no puede existir sin la otra, que no hay marrones sin tirones ni heridas de velcro, así que sólo les puedo desear, que cuando les toque el turno, tengan lo que tuve yo: la compañía de los mejores, un ángel en cada esquina, esos mis amigos los elfos que arriesgaron también la vida para salvarme, un partero pluma blanca armado de agujas y pócimas para curar los peores dolores, todo eso que cuando volvés a caminar no tenés cómo nombrar y mucho menos agradecer, sólo desear lo mismo (y con eso cerrar el círculo), por eso: que cuando tengas que cruzar por el oscuro Valle de la Muerte tengas lo que tuve yo: alguien como vos.

lunes, 6 de septiembre de 2010

no habiendo más



Después de tanto tiempo sin escribir una sola palabra aquí, es decir, una sola palabra para mi, me enfrento otra vez a una hoja en blanco, tiemblo ahora como cada vez que se aparecía en mi imaginación, me refiero a la hoja que desde toda su vacía blancura aún me amenaza, no sos capaz, dice, repitiendo la oración (en todos los sentidos de esta palabra) que no han parado de susurrar mis fantasmas en estos últimos meses: no sos capaz de decir todo lo que tenés atragantado. Cada vez que he tenido un impulso de hacer algo al respecto recuerdo que he dejado pasar todos los temas, qué puedo decir ahora cuando no dije nada antes, pasaron por encima de mi, literalmente, un mundial de fútbol, un Congreso Iberoamericano de Cultura, una convención de músicos y el Museo de Antioquia con el peso de todos sus gordos de Botero, y yo, no dije nada. Bunbury tiene nuevo disco, conocí a Vetusta Morla y a Sao Paulo, me fui de mi casa a mi propia casa, Lila Downs cantó, el Festival Iberoamericano nos embelleció, y Saramago murió… si, se fue el mago de las palabras para siempre y yo no pude decir nada, como si con él se hubiera llevado todas las palabras, lo que equivale a perder un amigo y no poder llorar por él, pero ni siquiera ahora puedo honrarle, porque para hacerlo, parafraseo el discurso de alguien más que sí lo pudo hacer.

De todas maneras, a quién le importa lo que tengas para decir, eso dicen los fantasmas, y yo me encojo hasta la pequeñez total, con ganas de sentarme en un rincón a llorar las palabras que no puedo parir, como si alguien muy poderoso callara mi voz con la palma de su mano puesta en mi boca hasta no dejarme respirar, entonces vuelvo a recordar un sueño que tuve hace años… yo estaba en el mar, el mar adentro, estaba sola y sabía que no iba a resistir mucho tiempo antes de hundirme sin aliento para mantenerme a flote, estaba cansada, pero luchaba por aguantar un poco más, pensaba que alguien vendría a salvarme, alguien en particular, sin embargo pasaba el tiempo y él no venía… ya no recuerdo si me di por vencida o el cansancio me venció, solo sé que dejé de pelear y comencé a hundirme sin remedio; han sido los segundos más desoladores y al mismo tiempo más desaprensivos de mi vida, ha sido la única vez en que mi ser ha abandonado por completo la esperanza, como si hasta el azar me hubiera abandonado a mi… el agua ya sobrepasaba mi nariz, no podía respirar, como si el mar poderoso, me tapara la boca con la palma de su mano… lo último que recuerdo es que lo vi, nadaba hacia mi, desperté de un brinco en mi cama, cuando en la vigilia respiré en un involuntario reflejo de supervivencia, apenas tuve tiempo de fijar el sueño en mi memoria cuando volví a quedarme dormida, en el sueño despertaba en una hamaca, el mar se oía cerca, era de día, me sentía débil, pero había algo sumamente cálido y acogedor en el ambiente, busqué con mi mirada y a mi lado estaba él, que cuando se dio cuenta de que estaba despierta, preguntó con la voz del que es capaz de toda esperanza: ¿puedes caminar?...


Por favor que alguien venga por mí y pregunte ¿puedes escribir?

martes, 12 de enero de 2010

Navidad 2009

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A Miguel, mi sobrino de cinco años (casi seis), no le gusta que Tomás, su hermano mayor, le diga que es un niño. Así terminamos el 2009, por lo menos la parte de la noche de año nuevo que me tocó la suerte de estar con ellos. Una discusión de aquellas entre dos hermanos y una en la mitad, haciendo (sin mucho éxito) de adulto, tratando de que el uno no se enoje por cosa tan simple, y de que el otro preadolescente deje esa manía de poner furioso a su hermano, a estas alturas ya Tomás le está diciendo al chiquito: ¿entonces cómo te tengo qué decir? Y Miguel responde: ¡joven Miguel!, como si eso fuera así de lógico, Tomás me mira, y peleando contra su propio enternecimiento (o empujado por él) y porque heredó un poco del sentido del humor de esta familia, me dice para que Miguel lo oiga también: Míralo, míralo tía y dime que no ves un niño. Migue se le deja ir encima como una fiera, terminan los dos regañados por los padres, estirando trompa y a la casa de la otra abuela.

Pequeños acontecimientos sin importancia (digo yo que no soy la madre, solo la tía) comparados con el gran amor que se tienen esos dos, comparados con lo que son capaces de hacer el uno por el otro, ejemplo: Miguel es un fanático de la navidad, cada año escribe (dibuja) una carta con su pedido al Niño Dios, con quien, a juzgar por los resultados, tiene una rosca que yo, por lo menos, le envidio. Este año hizo temprano la carta y la dejó al pie del árbol, un robot y una pista de carros, no más, según contó después, porque la mamá aconsejó tener prudencia con el Niño, yo me adhiero, de la generosidad de un dios es mejor no aprovecharse.

Pasados un par de días la carta seguía en su lugar, Miguel ansioso preguntó por los motivos de tanta demora, la respuesta era muy simple: Tomás no había hecho la suya, y ni que el Niño Dios fuera bobo para venir dos veces a la misma casa. Dicho esto Miguel no dejó en paz a su hermano hasta que no hizo lo propio con sus pedidos. Puestas las dos cartas, solo era cuestión de esperar, pero el Niño tampoco venía, Miguel empezaba a preocuparse, se le recomendó paciencia, el Niño Dios en estos días tiene mucho trabajo por hacer. Una noche, él, que casi no se separaba del árbol, se descuidó un par de horas y cuando volvió, las cartas habían desaparecido, salió corriendo donde su hermano mayor gritando: las cartas ya no están, se la llevó el Niño Dios, entonces Tomás lo acompaña “incrédulo” a mirar, efectivamente las cartas no están, paciente, escucha las reflexiones del pequeño: raro no haber sentido nada, Tomás se pone alerta frente a esta lógica y armado de amor le contesta: yo estoy seguro de haber escuchado algo, creo que fueron las campanitas del árbol, debió ser el Niño Dios que las movió al pasar para recoger las cartas. Santo remedio. Miguel no duda más y lleno de emoción dice: qué pesar no haber estado ahí para verlo, claro que el Niño Dios no se puede ver porque es invisible, pero por lo menos – suspiró – hubiéramos podido ver las carticas volando…

lunes, 16 de noviembre de 2009

Confesión



Mi amiga Carmen dice que mejor me despida de él, que aproveche esta ocasión y que por lo menos lo lleve al terreno de la amistad, que este amantazgo no me conviene, que Mr Bunbury me lastra. Y es que él, haciéndole honor a su nombre (ver La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde) ha sido ese amor imaginario que me acompaña desde que tenía 14 años... al principio reaccioné como reaccionamos las mujeres enamoradas cuando nos dicen que nuestro hombre nos sienta mal: me negué rotundamente, son muchos años de amor malamente compartido, y aunque ya estamos en ese lugar de los matrimonios viejos en que sobretodo reina la resignación, a mi, vivir sin ese muchacho al que siempre vuelvo en las noches cuando en la cama nadie me espera para hablarme al oído, me es tan imposible como para caperucita dejar de jugar con el lobo. Sin embargo, y porque he visto también a la caperucita poner los puntos sobre las íes, pensé que después de cinco años de no verlo y con todo lo que ha pasado en el transcurso de ese tiempo, sería tal vez mejor hacerle caso a Carmen y con amor, aprovechar el encuentro para morir lo que queda de la empeliculada que alguna vez fui, mientras dejo ir a mi Enrique.

Hago fila desde temprano, repitiendo el ritual que nos une desde hace 18 años y pienso en todo lo que es capaz de despertar… qué será lo que tiene Enrique que solo puede engendrar un amor apasionado, borracho y ciego, o una aversión punzante e incapaz de ocultarse. 3000 personas que le perdonaríamos todo y una sola amiga a mi lado, confirman lo que digo. No lo puedo explicar, para unos el amor es tan obvio como la aversión para los otros. Inútil tratar de entender, se trata de pasiones humanas.

Lo espero pacientemente todo lo que es necesario, sobretodo ahora que he decidido despedirme de él, pero al cabo de muchas horas mi amante fantasma sale al escenario y se ve más guapo que nunca, más bien puesto a sus 40 y algo que cuando tenía 27. Se para al frente y con la voz intacta me canta todas las de despecho, varios alrededor lo notan, Enrique casi no tiene canciones felices, pero la tragedia que cuenta es en definitiva sobre la vida, sin embargo esta noche se dedica al desamor: “te ataré con todas mis fuerzas, mis brazos serán cuerdas al bailar este vals”, “si me perdonas, si me das otra oportunidad, amor, prometo escribirte una canción diciendo que ahora acepto la derrota, pero sólo si me perdonas” no está triste, solo se divierte conmigo porque sabe como hacerme cambiar de opinión, estoy a punto de rendirme, si de todas formas una noche con él, es mejor que la colección interminable de conversaciones incoherentes con locos de atar en que se ha convertido el amor en estos tiempos de música electrónica contemporánea.

Miro alrededor, no soy solo yo, nos le entregamos toditos, y él nos paga con muchas creces, una buena guitarra y un repertorio memorable. Cada canción es mejor que la anterior, al final nadie tiene voz, ni yo corazón para decirle que no: este amor se morirá con el primero de los dos que deje de respirar. Como dios manda. Como nos merecemos aquellos que no nos resignamos a esta falta de poesía que es la vida real y escueta.

lunes, 26 de octubre de 2009

Bilbao



Es raro, porque las ciudades pequeñas no me gustan, enseguida me da sensación de claustrofobia, de instinto que es capaz de medir los habitantes por metro cuadrado. Amo lo que conozco: smog, ruido, caos, carros pitando, taxistas mentando la madre, ciudades inasibles, densas. Clarito tengo (desde la primera vez que pisé uno), que pueblo pequeño, infierno grande. Medellín incluso se agota rápido, pero hasta ahí es soportable, menos, me produce el mismo pánico que sentí cuando tenía 11 años y me obligaron a leer El cristo de espaladas, cada que entro en un pueblo pequeño me viene el mismo olor a hongo pudriéndose en la sacristía.

Y ahora, un día, sin pensarlo, me encuentro por fin con Bilbao. Esa ciudad que presentí cada vez que me encontré con un vasco recorriendo solito el mundo y parloteando con sus compatriotas de todas partes, sentado en las ruinas de San Agustín por ejemplo y prometiéndome su tierra mientras me tienta con la imagen imposible de una chuleta de buey de un 1kg servida en un solo plato.

Estuve solo cinco días, además mi amor por ella fue a primera vista, es posible entonces que todo lo que voy a decir a continuación sea una invención. Los que me conocen saben que me invento cosas, sobretodo amores, yo casi siempre alego en mi defensa que no hay más realidad que la que uno crea porque la siente en la panza, en este mundo donde nadie sabe adónde ir, hay que hacer como Gandalf y guiarse por la nariz. Así fue que Bilbao se convirtió en mi amor más real de los últimos tiempos:

Llego de noche, sin haber dicho en qué número de vuelo, una vez que piso suelo sé que todo estará bien, el aire huele a limpio, pero no a limpio de no contaminado, sino que huele a pureza, a una cosa que los celtas debieron haber conocido, a algo simple que está aquí y que nunca se irá. Solo es el olor, pero me basta para sonreír de nuevo. Cuando salgo del aeropuerto, miro a todos lados y con solo verlo, sé que es quien viene por mí, se llama Jon, y se ve como una especie de punkero del monte, es el conductor del festival al que me invitan y por el que estoy aquí, al llegar al centro, se pierde, es bombero y conductor de ambulancia (las ambulancias tienen GPS), y se pierde, nos reímos porque no importa, y desde ese momento empiezo a entender algo que después se convertiría en admiración y con los días en envidia, algo que espero recordar siempre: aquí la gente se permite el error.

Las primeras personas que conozco son las que organizan el Festival Jet Lag Bilbao de expresiones urbanas, del área de juventud del ayuntamiento, gente linda, como todos los vascos, son laboriosos, puntuales, trabajan las horas que necesita el día, luego viven, salen a comer, comen muy bien, hay una costumbre a la hora del almuerzo (que puede durar las dos horas completas): van de sitio en sitio, comiéndose unas tapitas, con una cañita, conversando de pie junto a la barra, y así hasta que no haya más hambre. Esto para los que pueden, los que no, salen los viernes a medio día, caminan por la ría… ay la ría… es una mujer que atraviesa toda la ciudad, que en algún lugar todavía huele a pescado, pienso en ello, Bilbao fue una ciudad industrial mucho tiempo, pero a mi, esos cinco días que la anduve, me despertaron el pescador que llevo dentro, vuelvo entonces a lo de saber vivir, aquí saben vivir, sin pausa pero sin prisa, como si la vida se fuera a acabar, pero no ahora, rodeados de belleza, que para eso la naturaleza sirve de muestra, la ven todos los días en el espejo.

Aquí también hay pobres, inmigrantes ilegales, barrios “alejados”, desempleados, pero no hay nadie que pase hambre, seguramente a muchos habitantes de esta ciudad de siete calles, eso no les baste, y tendrán razón, pero miles y miles de hombres en mi país, darían lo que tienen por vivir aunque fuera solo de pan.

El sol brilla cuatro de los cinco días que estoy, es otoño y en una tarde junto a la ría hacen 30 grados, no es normal, dicen que Bilbao es lluviosa, y el frío es muy frío, pero a nosotros la ciudad nos trata bien, clima perfecto para un festival, yo les digo que es porque está contenta de que los que la visitamos por estos días estemos aquí, además de que conmigo siempre va el sol y la buena fortuna, pero los lugareños no creen en esas cosas, son escépticos, están demasiado conectados con la tierra y con la vida.

Me dejo tocar por ese sol, cruzo todos los puentes que me encuentro sobe la ría, el que más me gusta es el de la gaviota, me siento a mirar el Guggenheim, lo he hecho todos los días que he estado aquí, es un objeto hermoso que alimenta mi teoría (seguro copiada de alguien más) de que la belleza es un bien en sí misma, no importa lo que haya adentro de este edificio, eso es lo de menos, dan ganas de tocarlo y de mirarlo, como a esos hombres que son tan bellos y que no saben que lo son.

Me cuesta terminar de decir lo que me pasó en Bilbao, siento que cuando lo haga será como despedirme de ella (¿él?), y no quiero… me voy de allí diciéndole solo hasta luego, ya nos veremos de nuevo para hacer juntos lo que nos quedó faltando: la chuleta de buey, una conversación larga con el guapo de Txema, un partido del Atletic, una vuelta grande en bicicleta, un viaje a las montañas, un asado en al casa de Jon, las clases de Euskera, el amor hasta el amanecer…

Mi amor por Bilbao fue a primera vista, pero es un amor dispuesto a todo, incluso a acabarse por agotamiento, quisiera poder vivirla hasta llegar a odiarla, como solo he hecho con aquella donde nací y que ahora me recibe celosa y tiene que aguantar mi jet lag emocional, yo la miro y no soy capaz de decirle lo que estoy pensando: ¡los de Bilbao nacemos donde queremos!