miércoles, 31 de enero de 2007

La Miscelánea es un Colectivo en donde como en todas las demás misceláneas, hay de todo. Nos trajo aquí la excusa del arte en función de la vida social, en una ciudad donde a veces es tan difícil vivir; la mayoría nos quedamos por la buena conversación de cada ocho días y con el afán de responder las preguntas más obvias llegamos hasta hoy, aquí mi parte del manifiesto que nos precede:

Manifiesto Miscelánico

No se admiten sapos, menos regalados. Ni curadores o vendedores, tampoco desapasionados o miedosos, fiscales, exclusivistas, exquisitos, sembrados de lechugas, falta del mínimo sentido común.

Tenemos opinión sobre las opiniones, posición, argumentos, paciencia, soberbia, tenemos sobretodo, artistas, ingenieros, comunicadores, escritores, marxistas, publicistas, junguianos, fotógrafos, metodistas, reservados, explosivos, enojados, de todos los estratos y sustratos, nos tenemos los unos a los otros.

Estamos hechos de esperanza, indignación, vísceras, tijeras, inteligencia, de comino rojo, magia negra, alma blanca y manos limpias de crayola y yeso.

Nos gusta la belleza, la teoría del color, las celebraciones, el té, la verdad, los cafés, los objetos inútiles, la poesía, las inauguraciones, los niños, la costura, la caligrafía, las invitaciones, los amuletos, las zucaritas por la mañana, los hombres y las mujeres, el amor y el arte.

Creemos en dios y en el diablo, en el voto y la libertad, en nosotros, en esta ciudad, en los imposibles, en la palabra colectivo, en el sentido y la búsqueda, en la sustancia de las cosas.

Somos la pregunta, el atisbo de respuesta, la denuncia, el "no puede ser", el "basta", el "tengo miedo". La risa, la ternura, la desprevención, la confianza. Somos amigos que cuidamos y enemigos en potencia de equivocarse.

Lo único que se puede esperar de nosotros, a lo que aspiramos, la única regla, lo único que se tiene la obligación de hacer es ser lo que se es, porque aquí se vale enojarse y dar varilla, también arrepentirse, irse y volver, estar y perder, incluso llorar, pero ojala no se valiera ser “me da todo igual”, porque la apatía es lo que nos sobra, ella es quién propaga la tristeza, es el vehiculo de la nada que se lleva lo que hemos construido.

lunes, 8 de enero de 2007

Balance

En estos días leí que uno no debería abrir una puerta si no está seguro de que sabe cómo cerrarla, quien lo escribió tenía razón, yo agregaría que toda puerta abierta que ya no se ha de volver a cruzar es mejor cerrarla, no vaya a ser que tantas puertas abiertas nos pierdan el camino, por eso este año 2006 que se acaba de acabar hay que cerrarlo, recoger lo que sirve, desechar lo que no, reciclar lo que más o menos, cerrar la puerta y seguir, que hay mucho camino hacia delante por recorrer.

Por eso aquí, en el espacio virtual que mejor me contiene paso a recoger mis bártulos, con toda la intención de seguir sin mirar atrás, no sin llevar conmigo lo que siempre ha de acompañarme, por ejemplo: el año pasado me puse a escribir y no es que antes no lo hiciera, pero siempre fue sólo para mí, este año me dio por salirme del closet y “publicar”, primero fue Lo Profano, que sin duda ha sido lo mejor de este año, nadie se puede imaginar todo lo que ha significado, todas las conversaciones, los comentarios, la gente nueva, la terapia que ha sido, simplemente maravilloso; después vinieron un par de cosas que me pidieron hacer para publicar y que supusieron ejercicios bastante productivos para quien esto escribe.

Me queda también para siempre Urbánicos, trabajar con los pelados fue el mayor de los retos de este año, el más grande esfuerzo emocional para dejarse cuestionar cada minuto por la realidad de otro que es tan otro, tanto por su condición de adolescente como por su condición social, y al final sentir que somos mejores que antes, tal vez de una manera sutil, imperceptible, pero ninguno de nosotros, los niños y los adultos, fuimos los mismos de antes.

Este año encontré a dos nuevas compañeras de viaje, Cris y Margarola, también se van conmigo; se quedan otros que no alcanzaron ni siquiera a ser amigos… me reencontré con un jefe con el que todavía estoy dándome espacios, reconocimientos que nos debíamos, sin embargo perdí a otro jefe, uno de los que más me gustaba, se terminó hace rato el duelo profesional y personal, se queda atrás la posibilidad de hacer cosas juntos y de hacernos amigos en el camino… me acompañarán los buenos amigos de siempre, que estuvieron tan presentes esta vez (en gran medida gracias al Messenger, bendito descubrimiento de los gringos), y los grandes momentos que compartí con ellos, como el cumple de la Martina, los mensajes periódicos de Ana, los saludos esperanzadores y reconfortantes de Jailtao, la vez que la Martuchi me llamó por teléfono a saludarme por el día del amigo en Argentina, mi amigo Sunfi que se apareció al final con ganas de quedarse un tiempo; los grados de la Beatriz, con una fiesta espectacular y un fin de semana en Bogotá rodeada de los mejores afectos, se quedan conmigo esos afectos; las salidas de buena conversación y buen baile con Alejo; Mauricio, el chaman que aparece en todas mis conversaciones, ese que no deja que me descarrile o me deschavete, se va conmigo mi Padre.

Me llevo los instantes que pasé con aquellos que la vida trajo sólo de paso, las risas que me regaló Manuel con su humor negro medianoche, los días del 2 al 6 de noviembre, los más apasionantes del año, con un príncipe azul de mentiras que al besarlo se convirtió en sapo, pero que mientras duró, me devolvió las mariposas en el estómago tan necesarias para la salud; el Encuentro Internacional Medellín 2007/ Prácticas Artísticas Contemporáneas, que desde que le vi el nombre supe que me iba a sacar canas pero que cuando por fin pasemos este duro parto será lo mejor que le ha pasado a esta ciudad en mucho tiempo (mucho más que la venida del rey de España, aunque Fajardo no lo crea); me llevo a Manuela que a pesar de la distancia es capaz de acompañarme y dejar que la acompañe.

No se pueden quedar por fuera las pequeñas cosas como la compañía que mi madre y yo hemos sabido darnos de vez en cuando, el descubrimiento del restaurante El Herbario; el profe con todas sus historias y su deseo, el Colombo y sus películas, el siempre Bunbury con Nacho Vega de regalo; el sexto y séptimo volumen de las dos series de libros que más me gustan…

(suspiro) Ahora sí, agarro mi morral lleno del amor que me profesaron y sobretodo del que me permitieron dar, que es el resumen de toda la lista que hay arriba, que no deja por fuera a nadie que debería estar y no está, que contra toda ley de gravedad no pesa nada y es lo que aliviana el peso de la ausencia de lo que se queda atrás, que es todo lo demás. Cierro la puerta, y antes de seguir miro atrás por última vez… tal parece que la vida sigue confiando en mí… me doy vuelta, emprendo el camino, sonrío, yo también sigo confiando en ella…

domingo, 24 de diciembre de 2006

Feliz Navidad

Dicen las malas lenguas que Jesús no nació el 24 de diciembre, que ese era el protagonista de una leyenda hindú que los primeros cristianos adoptaron seguramente porque querían la misma espectacular celebración para su señor, sin embargo aquí estamos cada año celebrándole el cumpleaños al personaje, sin preguntarnos mucho por qué, pero sin falta haciéndole su rumba como en cualquier natalicio. Los colombianos por ejemplo, comemos natilla con buñuelo y hasta un asado le hacemos al muchacho, nos juntamos con la familia para hablar de todo menos de él, excepto para pedirle un Power Ranger o un novio nuevo… Ponemos la ciudad y la casa toda de verde y rojo (el rojo no ayuda mucho a la que quiere el novio nuevo) nos gastamos la platica haciendo regalos (algo de generosidad por una vez, no nos cae nada mal), es imposible coger un taxi, pero nos vamos hasta donde sea para conseguir el traído, terminamos los días con dolor en los pies de tanto caminar y el corazón sonriente cuando el árbol queda lleno de regalos.

Pero sobretodo es en el momento en que (lo digamos en voz alta o no), nos permitimos la esperanza, dejamos que se instale por unos días en nuestra vida; tal vez tenga que ver conque el año se está acabando y alguna magia de solsticio nos hace creer que podemos comenzar de nuevo, volver a empezar de cero, cerrar una puerta y salir a un jardín inmenso que será lo que nosotros queramos de ahora en adelante, y tal vez sea por eso que sonreímos más, y cualquier excusa es buena para hacer una fiesta; o tal vez sea porque precisamente fue ese personaje al que le celebramos dos mil seis años de vida el que trajo de nuevo ese sentimiento a este planetita; porque puede que sus seguidores hayan distorsionado por completo su mensaje, pero la esperanza le debe gran espacio a él. Por fin alguien viene y dice, que el amor es lo más importante, que es todo lo que necesitamos, que sólo el miedo nos impide admitir que es mejor darlo que recibirlo (digan si no es más divertido estar enamorado que ser el objeto del enamoramiento de otro), que Dios es ante todo el mejor amigo, el mejor padre, y que nos hizo a su imagen y semejanza, lo que quiere decir que tenemos su mismo poder.

Por eso esta navidad, te regalo la misma promesa que nos hicieron hace dos mil seis años (aproximadamente, las fechas no son exactas, culpa de Bizancio y asociados): No habrá nada en el mundo que no puedas tener, nada que no puedas hacer, si de veras lo quieres, sólo tienes que pedirlo, y luego… confiar… Ah¡ ¿Te parece que es una promesa demasiado grande? Y ¿que otra promesa puede venir de un dios que todo lo puede? O acaso si fueras tú ¿le negarías algo de lo que tienes a tus hijos? Ahí te dejo la inquietud, y la promesa… por mi parte en esta navidad yo confío en que tendrás siempre lo mejor, que estarás lleno del amor más grande, que la paz de tu corazón se derrame por todo tu ser y que nada ni nadie pueda hacerte daño alguno, que siempre haya amigos que te canten una canción antes de irte a dormir cuando estés triste, que el dinero no sea lo único en qué pensar, que no te falte nada, ni siquiera el dolor que enseña el desapego, ni siquiera la escasez que precede a la abundancia.

Hoy brindo por mis buenos amigos, los que están cerca y los que no, porque ellos no saben cuánto bien me hacen, cuanto agradezco que estén aquí conmigo y pido desde el fondo de mi corazón que nuestro cariño se mantenga por los siglos de los siglos; salud por los niños que hacen más divertida la vida; por los besos inesperados, por los regalos sorpresa, por el arco iris que demuestra que el Padre aunque kitsch existe, por los buenos restaurantes, las buenas películas, libros y canciones, el vino y la belleza, por vos y por mí; por el año que viene con todos los días que valdrá la pena vivir y por todas las cosas que vale la pena estar aquí.

martes, 12 de diciembre de 2006

Instrucciones para escuchar "secretos y mentiras"

Trabaje mucho, tanto, que sin darse cuenta cumpla varios meses sin descansar un fin de semana completo, luego, cuando esté muy agotado, tome aquello que se le hace intolerable en un ser humano, y búsquese el espécimen que más alto contenido del defecto en cuestión tenga, no importa lo que tenga que hacer, encuéntrelo, finalmente expóngase a él todo el tiempo que sea posible.

Digamos, por poner algún ejemplo, que usted encuentra intolerable que la gente no tenga orejas, en ese caso, en lugar de irse a descansar a su casa el primer fin de semana que tiene libre en meses, cómprese un tiquete a París; hágase el ingenuo, dígase que va a pasear, que el costo no tiene importancia si por fin va a tener unos cuantos días para usted, ¡y nada menos que en París! Cuando llegue allá, hágale caso al turista de al lado que está diciendo que el museo D’ Orsay es mejor que el Louvre, más pequeño, más cómodo e igual de sustancioso; cómprese una boleta y anímese bastante (a pesar del cansancio de tantas horas de vuelo, tan pocas de sueño, tanto por hacer y tan poco tiempo para hacerlo) viendo aquella antigua estación hecha museo, con sus esculturas griegas y romanas en el primer piso, y una coronación de Napoleón con un Napoleón casi de tamaño natural en el segundo, cansado pero contento vaya al tercer piso, allí se encontrará con los impresionistas, y en el momento justo en que con justicia usted vea llegar por fin la fascinación por la que estaba buscando, encuéntrese con el retrato de Van Gogh, ese, el que precisamente no tiene oreja, ¡pero si se supone que ese retrato no debería estar ahí sino en Ámsterdam!, pues no, el destino le ha jugado una malísima pasada y el Van Ghog sin oreja está ahí.

Sienta como todo el cansancio acumulado durante meses cae con todo su peso sobre su pobre humanidad, alcance a hacer un último esfuerzo, para ponerse tolerante, todo lo que aprendió sobre el tema es repasado un millón de veces en una milésima de segundo, pero la verdad es más grande, se fue hasta París sólo para el despropósito de ver no sólo a un tipo sin oreja, sino a Van Ghog sin oreja, no hay derecho, mire a los lados, sólo usted parece darse cuenta de la tragedia, entonces reviente, como el día en que ya no cupo en el vientre y decidió nacer, vuela mierda al zarzo, y sólo ríndase cuando le abofetee la gran verdad de que la tragedia no es tragedia porque sólo usted la padece. Váyase corriendo a la calle, en París hace mucho frío, más del que un tropical puede soportar, las luces de la ciudad no le dicen nada porque hablan francés, sentado solo en una banca no hay nadie ni siquiera para decirle con amor y un café, que no tiene la razón, que la culpa es suya por no tolerar a un hombre sin oreja. Ahora sí ponga play y lea la letra de la canción que está abajo: buen apetito!

SECRETOS Y MENTIRAS

Di, qué será de ti, qué será de mi,
Cuando estalle al fin,
esta relación,
tu me dirás que no,
nada sucedió,
"Apagad la luz,
guardad toda aquella ropa en un baúl
y arrojad la llave".

Querías un regalo
Y yo derramé encantado
con un grito entre tus tetas
aquel collar de perlas
y en ese instante el mundo terminó

y él apareció a plena luz del sol
nadie rechistó,
así que me acerqué,
le dije entonces ¿qué?
él dijo ¿qué de qué?
y yo "apagad la luz
guardad toda aquella ropa en un baúl
y arrojad la llave".

Hace mucho tiempo
que ya hace mucho tiempo
de cualquier cosa en mi vida,
mi vida malherida,
alejaos que ahora envejezco.

Gente nace y gente muere cada día,
los demás nos limitamos a estorbar
y jugamos a secretos y mentiras
y despues nos lamentamos
Que viva el ser humano,
la gente grita !hey, hey...¡

"Bien" dice entonces él
"veo que tienes sed
yo te la apagaré
a base de chas, chas, chas"
pero llega alguien más
Y le oigo balbucear
"Apagad la luz,
guardad toda aquella ropa en un baúl
y arrojad la llave".

Por allí huyen unos,
por allá los otros,
¿Quién entre ellos, por lo tanto,
se está equivocando?
Decídmelo que estallo...

Gente nace y gente muere cada día,
los demás nos limitamos a estorbar
y jugamos a secretos y mentiras
y despues nos lamentamos
Que viva el ser humano,
la gente grita !hey, hey...¡

Gente nace y gente muere cada día,
los demás nos limitamos a estorbar
y jugamos a secretos y mentiras,
"Por favor defíname la eternidad"

Gente nace y gente muere cada día,
los demás nos limitamos a estorbar
y jugamos a secretos y mentiras,
como el niño cruel que acecha,
como aquel gran atleta
drogado en la carrera
nueve segundos restan
la guerra empieza...
"¡hey...!"

Nacho Vegas

domingo, 19 de noviembre de 2006

Lo que te perdiste

Te perdiste el amor más bueno, el que ante todo ofrece amistad, y de ahí para adelante lo que se te fuera ocurriendo; te perdiste una buena compañía para hacer nada y disfrutarlo; un futuro juntos (que durara una hora, un día, o miles de años) llenándose con la historia del pasado que vivimos el uno sin el otro; el firme propósito de superarlo todo, mis manías y las tuyas; mi pecho levantado del orgullo que solo, te haría brillar; la fuerza para no dejarte caer nunca; la felicidad que no de pende de ti; el amor de los amigos que me aman, que te hubieran amado, que ahora te detestan.

Te perdiste mi visita de cinco días que le hubieran devuelto la vida a los 365 días de tu siguiente año; un fin de semana en una hamaca viendo llover afuera mientras mi cuerpo no necesita desnudarse más para cubrirte de calor; habrías podido dormir los dos días que lo hiciste, pero conmigo de ángel guardián de tu sueños para luego despertar y encontrarte con mis ojos que no te quitan la paz, que te dan la mano para volver a la realidad sin perder el alma; te perdiste una danza de mi cuerpo por cada canción que tocaras; miles de noches hasta las cuatro de la mañana rodeado de la suerte que a mi me bendice siempre; el deseo de estar con vos para cambiar mi vida, la decisión de cambiar mi vida para estar con vos; las mil canciones de Juan Luis Guerra que te hubiera dedicado, y quién sabe, con el tiempo, tal vez una de Bunbury.

Te perdiste de ser mi esperanza, de sentir de nuevo esperanza; de muchos días de sol y bastantes más noches de amor; de mi piel; de mi cintura; de mi nostalgia cuando no estuvieras, de mi sonrisa de pastel cada vez que te volviera a ver; te perdiste de sentir el tiempo que quisieras lo que sentiste la primera vez que me viste; te perdiste de mí, me perdiste a mí que sé lo que me perdí cuando te perdí antes de haberte ganado; te perdiste de no querer que fuera así.

miércoles, 15 de noviembre de 2006

Lágrimas de oro y cocodrilo

Entonces de esto se trata el amor: hacerse una chamba en el pecho, sacar el corazón con la mano, e ingenuo y sonriente ofrecerlo en un intento de salvar el abismo que nos separa de un otro que antes de darnos un beso ya nos ha devuelto a la vida.

La muerte se convierte entonces en ver como sigue latiendo sin pretexto ese corazón en la mano aun cuando queremos que deje de hacerlo y al fin descubrir mientras Calamaro brinda hasta la cirrosis por el amor, que estamos más vivos que nunca.

lunes, 6 de noviembre de 2006

Every time is different

Hace mucho tiempo no tenía esta sensación de querer estar con alguien todo el tiempo y la de que cuando no está, se solla uno las primeras dos horas y luego provoca arrancarse el pecho para que la agonía se acabe, se llama enamoramiento, pero es más un engolosinamiento, el amor poco tiene que ver, aunque haga parte del asunto, y siquiera, porque es el único que lo mantiene a uno medio cuerdo, es el que conjura la calma con la sabiduría del que todo lo espera y está tan ciego como para entregarse con confianza a la corriente sin pensar a dónde va ir a parar. Mientras tanto, la cabeza se vuelve algo así como la gotera en el techo que cae y vuelve a caer sobre la misma ponchera, haciendo el mismo sonido que uno ya no sabe si disfrutar o enloquecer, los recuerdos (si es que se le puede llamar así a las memorias de lo que pasó hace dos horas, o diez, máximo 48) vuelven una y otra vez, muy sonrientes ellos, renovados cada vez, dulces siempre, para traer cualquier sonrisa, cualquier gesto… (qué bellecita)… pero qué voy a ponerme a describir aquí la dulce enfermedad que está descrita de sobra en todos los libros y las canciones y los teatros, no hay nada más que yo pueda añadir que quien lea esto no haya sentido alguna vez, así que mejor parar aquí con el inventario de emociones chiquitas y sublimes pegadas de nada y mejor darle paso a los recuerdos que cada uno ya debe estar trayendo a su memoria, y que esa sonrisa que ahora está por salir dure toda la semana, que cada vez que en estos días el recuerdo de unas mariposas viejas en el estómago lo encojan, haya un brindis por mí, porque lo que siento no me sea exclusivo y aunque sea pretencioso, le sirva también a los que me rodean, a ver si así lo voy exorcizando. Por lo menos hasta que lo vuelva a ver.

domingo, 29 de octubre de 2006

Imprescindible


¿Qué sería del mundo sin cada uno de nosotros?, la muerte nos trae la respuesta muy tarde, el negocio nos arrebata la posibilidad de demostrar nuestra mejor sospecha, los presupuestos justifican el cualquiera lo puede hacer, la oferta es más grande que la demanda, hasta en el amor, que al final se muere y nos deja a todos, oferentes y demandantes sin el pan y sin el queso. La vida tiene que seguir se lleva nuestra melancolía y con ella el último de nuestros suspiros, entonces sí sigue, pero no la vida, sino la carrera inútil contra el olvido, nos acostumbramos tanto a nuestra propia brevedad que olvidamos que los demás nos necesitan, despachamos a la solidaridad en nombre de la productividad y las ganancias (en la bolsa y en el ego) sólo dejan pérdidas en el espíritu.

Yo quiero como Manu Chao pararme frente a una multitud y cantar gritando que si tengo que escoger entre tú y ese cielo, yo me quedo contigo… quiero sentir que cuando te vayás, cuando se caiga la última piedra de lo que construiste, cuando se derrame la última lágrima por tu ausencia, algo se derrumbe adentro mío, porque tus errores no los cometerá nadie más, porque nadie más contiene la vida como vos, porque sólo tus ojos me miran así, porque nadie, aunque las mujeres paran todos los hijos, podrá reemplazarte.

El encuentro

Dos puntos que se atraen no tienen por qué elegir forzosamente la recta. Claro que es el procedimiento más corto. Pero hay quienes prefieren el infinito.

Las gentes caen unas en brazos de otras sin detallar la aventura. Cuando mucho, avanzan en zig zag. Pero una vez en la meta corrigen la desviación y se acoplan. Tan brusco amor es un choque, y los que así se afrontaron son devueltos al punto de partida por un efecto de culata. Demasiado proyectiles, su camino al revés los incrusta de nuevo, repasando el cañón, en un cartucho sin pólvora.

De vez en cuando, una pareja se separa de esta regla invariable. Su propósito es francamente lineal, y no carece de rectitud. Misteriosamente, optan por el laberinto. No pueden vivir separados. Ésta es su única certeza, y van a perderla buscándose. Cuando uno de ellos comete un error y provoca el encuentro, el otro finge no darse cuenta y pasa sin saludar.

Juan José Arreola

lunes, 16 de octubre de 2006

Recuerdos devueltos

La vida que siempre es tan generosa conmigo y sólo me envía ángeles, me trajo por estos días un par de artistas que sin pretensiones y sin mucho tiempo para dedicarnos mutuamente, me regalaron un par de cosas que les agradezco con la parte de mí que se conmovió por ellos, que obviamente va más allá de su obra. Me los encontré para recordar cosas que había olvidado, desde un par de palabras que no escuchaba hace años y que me traen el calor de un hogar perdido ya, hasta un recuerdo lejano de un horizonte que con tanta urbanización emocional había dejado de ver.

Laura es pintora, y por ahora está dedicada a dibujar (en las paredes si es posible) a unos hombres que parecen chicos y se tocan el “pito” todo el tiempo, como dice ella. Es una obra de caricatura, llena de color y ternura; a ella le encanta ese efecto que causa en la gente que la ve: una sonrisa inevitable se nos viene (por lo menos a las mujeres) cuando vemos a un chico con barba, comiendo helado, saltando y exhibiendo su pene al aire el muy bandido. Pero no se imaginen nada grotesco, todo lo contrario, Laura tiene el talento de hacerlo divertido… y ahí fue donde empecé a recordar… hubo un tiempo, muy corto, cuando me estaba buscando, que me encontré con el lado masculino más amable que tienen los hombres, y los pude ver como me hubiera gustado poder verlos siempre, como chicos que casi siempre confunden la felicidad con el placer y que la torpeza de su amor nos hace reír a las carcajadas y nos conmueve hasta las lágrimas; como ese cable a tierra, que nos devuelve la realidad como un juego fácil de jugar.

Laura me recordó que la relación con los hombres no siempre fue ese tire y afloje medio histérico en que nos sumimos muchas mujeres de mi generación, esa relación de tensión y de poder, una competencia donde el que gana es el que adivina primero la intención del otro y pone el pie justo en el lugar preciso para hacerle al otro una zancadilla espectacular que lo deje inhábil para salirse del meollo que llamamos relación. Por mi parte yo nunca entendí cuál era la intención del otro y cuando creía que había adivinado, ponía la zancadilla en el lugar equivocado, consiguiendo a lo sumo, darme de bruces contra el mundo; me acostumbré tanto a que mi torpeza no tuviera límites que dejó finalmente de dolerme, y empecé a reírme, con la resignación del que olvida que tiene algo qué perder… por eso cuando empecé a ver las pinturas de Laura, recordé que es preciso volver a encontrar ese hombre inocente con el que la relación se basa exclusivamente en la diversión, donde al contrario de todo lo demás uno llega a relajarse, a tomarse un tiempo para jugar al juego del amor sin especulaciones, sin objetivos, sin cálculos, nada más por el placer de verlos caer en la suave red de la seducción de la mujer fatal que todas llevamos dentro; y dejarse llevar viéndolo a él dejarse llevar, haciéndose el valiente, sin preguntarse en qué se está metiendo, para disimular su miedo a perder; viendo al chico convertirse en hombre.

No sé cómo le voy a hacer para encontrar eso, pero por lo menos Laura me ayudó a sacudirme la resignación, y me recordó que existe la posibilidad de hallar lo otro… en todo caso, le pido encarecidamente al que tenga pistas de un chico inocente y seguro, vestido de camiseta azul con un estampado de calavera en el pecho, que parece más joven de lo que en realidad es, pero que cuando uno mira sus ojos estos delatan el paso de los años, y hablan de la sabiduría que su boca come helado no puede; que me diga dónde lo puedo encontrar o que por lo menos le avisen que le tengo un par de trucos de magia que le van a gustar.

domingo, 15 de octubre de 2006

Saudade

Dice precisamente un portugués escritor de hace tiempo llamado Queirós, que la melancolía es la hermana menor de la tristeza, la más mimada y feliz, y yo creo que por eso, después del amor, es el sentimiento favorito de nosotros los que amamos con un amor que primero nos mata antes que morirse. Y es que en portugués no existe eso que en español llamamos “hacer falta”, en ese mundo precioso simplemente se siente nostalgia por el que no está presente, dirán algunos que es lo mismo, pero la diferencia sutil abre un abismo infinito de sentimientos. Cuando uno dice que algo le hace falta, está asumiendo de entrada su ausencia, la nostalgia en cambio es un sentimiento que se produce precisamente por no poder separarse de aquello que no está presente; decirle a alguien, como se dice en portugués, que uno siente nostalgia de él, o de ella, es confesarle que nos hemos rendido ante a la realidad de que ni la distancia hace que el amor desaparezca, de que el otro se queda tan ahí aunque esté tan lejos, y no verlo, sentirlo o escucharlo sólo hace que el amor se encierre en un capullo de nostalgia para protegerse de aquello que se supone acaba con todo: el tiempo y la distancia.

Por eso, después de oír a Madre Deus, si que no queda duda de que los portugueses saben de nostalgias más que nadie, el Fado, su ritmo más popular, es una música que con cada nota va un paso más allá (o adentro) de la tristeza pueril, y por eso no queda más remedio que llorar cuando Teresa canta sin moverse, su Suave tristeza, con un vestido largo de velos verdes y rosas rojas, como si fuera la misma voz de la melancolía de un Dios que después de parir al mundo se quedó solo con toda nuestra ausencia… y ahí mismo, recordar que la vida misma se trata en todo caso de ir perdiendo como dijo alguien alguna vez, una mujer seguramente, porque la nostalgia tiene nombre de mujer, sólo una mujer puede cantarla con tanta belleza y sólo quien se haya encontrado con su lado femenino puede entender que hay pocas cosas más emocionantes que cuando alguien, a quien queremos como sólo en la distancia se puede querer, nos sorprende diciendo por el teléfono: tengo saudade de você.

domingo, 1 de octubre de 2006

Para no guardar silencio

Ayer volví a ver Diarios de motocicleta, y además de traerme los recuerdos gratos del viaje por Latinoamérica (que en estos días han estado en mi mente todo el tiempo, ese viaje se me ha cruzado por todas partes. Quién sabe que querrán esos recuerdos de mi) me recordó todo lo que nuestra realidad no ha cambiado. Cuando a Gael García le preguntaron por la película dijo que eso era lo que más le había impactado, casi nada ha cambiado desde los tiempos en que la realidad de este pueblo conmovió tanto al joven Ernesto Guevara como para convencerlo de que había que ganarse la justicia a punta de tiros. La película tiene retazos documentales que encajan perfectamente en el tiempo del que pretende hablar, hace unos 50 años, y las cosas así, mejor que se murió temprano el Che para no tener que envejecer como lo haremos nosotros, viendo a Bono en un concierto en Chicago, oyéndole suplicar a los asistentes que le pidan a su presidente que haga algo para acabar con la pobreza extrema en el mundo, y tener que llorar porque es la batalla de lo obvio, cómo explicar que si matas se muere, que si golpeas duele, que para despertar hay que abrir los ojos, que no se puede vivir sabiendo que un solo hombre muere de hambre en un mundo donde hay comida suficiente para todos, mucho menos 40000 mil niños al año mientras otros 4000 nacen diariamente, como si la piedad fuera sólo para los lobos.

La vida es tan compleja, tan grande habitando algo tan pequeño que quien la contiene a duras penas puede con ella, como para que además los 70 años en promedio le alcancen apenas para aprender a sobrevivir sin morirse de inanición. Quien se inventó eso de que hay que ganarse el pan de cada día, y además con el sudor de la frente, se debe estar pudriendo en el infierno que fue creado el día que se le ocurrió semejante idea, y aquel que nos vea desde afuera debe sorprenderse enormemente de nuestras excentricidades, donde la comida se pudre en los supermercados y se tira a la basura en los restaurantes que quedan a dos calles del lugar donde un niño mendiga pan en un semáforo, al frente de un almacén donde la ropa en los estantes podría abrigar a medio Alaska. Es tan ridículo que es difícil de expresar y mucho más de entender, y que sea tan obvio es lo que nos hace tan patéticos a nosotros. Pero volver a ello es tan inútil como el premio Nobel de la paz, sin embargo, me niego a aceptar el argumento de la complejidad del asunto, eso es más o menos como decir que los pobres quieren ser pobres, que la gente que pide en los semáforos vive mejor que cualquiera de nosotros, que mendigar es un negocio, eso es para los que quieren expiar su culpa a como de lugar, destruyendo la imagen inmunda en el espejo que son los pobres de nuestras ciudades. No, no es tan complejo, es muy fácil, es una cuestión de decidirnos, como cuando decidimos (tarde, muy tarde) que ya no queríamos un Hitller en nuestro mundo, que la esclavitud no era humana, y que el muro de Berlín no debía separarnos más. Como dice Bono: traer la humanidad de vuelta a la tierra debería ser tan fácil como enviar un hombre a la luna.

domingo, 24 de septiembre de 2006

1.600 metros más cerca de las estrellas

Estuve el fin de semana pasado en Bogotá (Manuela no te vas a enojar, no te llame porque estuve dos días, literalmente, llegué estuve un ratico y me devolví) y como siempre la ciudad más coqueta de Colombia me dejó perpleja, y como siempre, no precisamente por su arquitectura o sus parques, por el clima o la gente tan cálida, sino por lo que me pasa cuando estoy allí y por la nostalgia que me queda en el cuerpo cuando la dejo.

Fui a despedirme de mi amiga Beatriz que también se va del país, a la cual hay que desearle buen viento y buena mar, porque lo que va a hacer es buscarse, esperamos todos los que la queremos que se encuentre pronto y que como nos ocurrió a todos los que nos fuimos a buscarnos lejos, lo que encuentre le guste tanto que por fin sea feliz sin tener que quejarse, como para aplacar el sentimiento de culpa.

Además de ir a despedirme se supone que iba a trabajar, pero resultó sin pensarlo como unas vacaciones diminutas, en tan poco tiempo hice varias cosas que casi nunca hago, y otras tantas que no había hecho jamás: me vestí de señorita, con falda y maquillaje; desempolvé a la mujer con una blusa escotadísima y un aire sexy que me permitió bailar toda la noche y con todos, dormí en la casa de mis sueños, sólo como huésped, pero algo es algo; comí tamal con chocolate, pandebono, almojábana, mantequilla y mermelada, onces bogotanas que llaman, todo de una y nada más ni nada menos que en La Florida (para los que no sepan el mejor chocolatiadero de Bogotá y el más antiguo también) digno todo de mencionarse aquí, un manjar de los dioses; me permití por primera vez y sin entender muy bien las razones, escandalizarme porque un tipo me echaba los perros (como a todas las demás, no era que no fuéramos concientes todos del asunto) mientras estaba de reconciliación con la novia (pasa a ser parte de este relato no por lo de la echada de perros sino por mi molestia al respecto, cosa que nunca se había visto, puede que me esté volviendo mojigata); cociné, si señores, bueno, no propiamente cociné, pero serví de ayudante durante un día entero para hacer unos manjares que cualquiera de ustedes no creerían que mis manitas tuvieron algo que ver, lo disfruté y decidí que por lo menos, me gusta ayudar a cocinar.

Además me reencontré con mis amigos, tuve tiempo para darme cuenta en qué andan de verdad, darles un abrazo, inmiscuirme en sus asuntos, sentirme como cuando los conocí, en un mundo que no me pertenece pero en el que me siento tan cómoda como en mi casa; eso sí con una diferencia sustancial producto del rayón que me dejaron los alemanes con los que viví, ese sentimiento de tener que andar con cuidado para no molestar, preguntando todo el tiempo si puedo correr la silla, sentarme, pararme, ir al baño, abrir la nevera, echarle más azúcar al jugo, puff… terrible que después de tanto tiempo la paranoia no se haya ido, porque el problema de la visita no es del visitante, es del que lo recibe, si el que llega incomoda es quien decidió abrirle la puerta el que lo tiene que resolver, el pobre arrimado, que casi siempre está de paseo, debería dedicarse sólo a disfrutar, que si se porta muy mal, ya la próxima vez no lo recibirán y tendrá tiempo para sufrir.

Cosa que gracias a la generosidad de estos amigos bogotanos no me va a suceder, al fin Beatriz se desentendió de mí, me entregó a Doris y a Mario para que nos fuéramos acostumbrando todos a que las cosas serían así de ahora en adelante, pero como todo el que se desprende con delicadeza, llamó todos los días a preguntar si quería ir para allá a trabajar, y a ver como nos estaba yendo. Y al final Doris y su amor aceptaron con gusto ser los nuevos responsables de mí cuando estoy en Bogotá y para que no quedara duda me invitaron explícitamente a quedarme allí cuando pase por allá; yo que lo de la diplomacia me da tanta pereza, no les dije que no, que tranquilos que yo tenía mucho donde quedarme, no, yo sí acepté gustosa, si es que en esa casita linda no hace frío, está en el centro de la ciudad, es bonita por donde se le mire, tienen las visitas un cuarto y un baño para ellas solas, y los anfitriones son un par de muchachos del alma que parecen un matrimonio recién casado, es decir, vive uno como en un cuento de hadas, que para unos días no está nada mal, si pa la realidad ya tenemos a Medellín.

martes, 12 de septiembre de 2006

Recorrer, recordar, recorrer, recorridos

El sábado pasado salimos con los niños de Urbánicos. Difícil para los que no están muy cerca saber qué es esto de los Urbánicos, pero a riesgo de matar toda poesía, les cuento que es un proyecto de visibilización de las expresiones juveniles con pelados en situación desplazamiento.

Hace seis meses, en un intento de cuestionarlos y cuestionarnos, venimos haciendo juntos el ejercicio de preguntarnos qué significa, en todo el sentido de la cuestión, ser ciudadanos, ser habitantes de esta ciudadcita. Todavía no sabemos la respuesta, por lo que esperamos seguir inventándonos proyectos a ver si un día llegamos a algún Pereira, o mejor, a algún Medellín; por ahora, apenas alcanzamos a saber más o menos en donde estamos parados, y dónde está esa ciudad y ese ciudadano que queremos alcanzar; falta trecho, todo el que nos imaginamos, pero entendemos también, más o menos, que ese es el sentido de estar aquí, en la ciudad y no en el campo, en el oriente o el occidente y no en el sur y que vivir es eso, entender por qué estamos aquí y luego movernos hacia donde queremos. Como el hipotético lector puede estar pensando, parece que nos ponemos metafísicos y nos desviamos de la cuestión vital: qué tiene qué ver ser ciudadanos, con saber qué estamos haciendo en la vida; pues resulta que nosotros los Úrbanicos pensamos que mucho, primero porque es que las preguntas fundamentales vienen por niveles, uno no puede saber qué es ser nada, mucho menos ciudadano, si primero no sabe quién es, qué hace o pretende hacer aquí; y ahí viene la segunda cuestión, y es que pertenecer a una ciudad significa por definición desempeñar un rol, entonces hay que saber primero quiénes somos para poder saber qué hacemos.

Así fue como los Urbánicos empezamos a soñar con ser un futbolista, una periodista, o un viejito feliz, y como sucede siempre, al contrastar esos sueños con la realidad se nos abrió un camino extenso por recorrer, y con la ayuda de los que ya han recorrido parte de él nos dimos cuenta de que es largo y duro, pero no imposible. Un diseñador de modas y un chef nos contaron que uno empieza a recorrer el camino en busca de un sueño y en algún momento, casi siempre, el verdadero sueño, el de la vocación, nos toca la puerta, parece que termina siendo él quien nos busca y no nosotros a él, y ahí vino lo otro importante, había tantas historias que no conocíamos, que nos empezamos a preguntar por el médico y el escritor, la enfermera y el cantante: ¿quiénes son ellos?, ¿qué buscan?, ¿cómo llegaron a ser lo que son?, y eso, ¿los hace felices?. Casi todos a los que les preguntamos coincidieron en que la clave está en hacer siempre lo que nos gusta, eso garantiza que lo hagamos bien y que seamos felices en el proceso de búsqueda, hay momentos duros, en que parece que nada tiene sentido, pero con un poquito de confianza, que normalmente se confunde con suerte, nuestros sueños y nuestra realidad terminarán acoplándose.

En medio de todo eso nos fueron entrando ganas de contarle esos sueños, esas historias que cada uno lleva, a toda esa ciudad que pretendíamos contener, y en un ánimo de conjurar los mejores augurios, aprendimos técnicas para pintar señales que nos permitieron comunicarnos con Medellín, decirle quiénes somos, y fue en ese recorrerla para contarle, para ocuparla con estrellas que encerraban nuestros mejores deseos, que nos encontramos con el otro distinto, con el pukero y con la prostituta, quisimos entonces saber si ellos también sueñan, y si se sienten parte de esta ciudad, o como nosotros apenas comienzan a preguntárselo. Descubrimos a esta Medellín bonita e impresionante en una calle y que en al siguiente, se vuelve estrecha y fría, pesada… por eso al final, los niños decidieron que lo que había que hacer, era alegrarla un poco, mimarla en un recorrido que la acariciara y le trajera un poco de amor, que parece que es lo que nos falta para entender que todos cabemos en la ciudad, nada más toca estrecharse un poquito para dejar estar al rockero y el cura, la pitonisa y el recién llegado, y hasta al extraterrestre que nadie entiende.

En poco más de 4 horas recorrimos la ciudad para hacerla nuestra y hacernos de ella; recordamos que somos iguales, que todos estamos en eso de la búsqueda de la felicidad y que nos merecemos el mismo grado de dignidad para poder buscarla; volvimos a recorrer nuestros sueños, los sacamos a pasear; y finalmente hicimos ese recorrido, aunque fuera por un día, que en días menos venturosos nos ha separado de los otros.

martes, 22 de agosto de 2006

La patica de amor

Desde que mi sobrino Tomás tenía 3 años empezó a pedir un hermanito, se la pasó los siguientes dos años convirtiendo esta petición en su regalo favorito, el dichoso bebé aparecía en las cartas al niño Dios, las listas de cumpleaños, cualquier sugerencia de decoración del hogar, y en casi todas las conversaciones. A medida que iba creciendo su capacidad de raciocinio los argumentos eran más sólidos y para cada problema que planteaban su papás Tomás tenía una solución a la mano, al final no había quien lidiara con la lógica del corazón puro de ese niño que estaba dispuesto a todo, a compartir juguetes, cuarto y hasta cobijas si era necesario, un hermanito para jugar era lo que quería, pero si fuera una niña, él se encargaría de cuidarla, al final tachó de egoístas a sus padres que sólo pensaban en su comodidad sabiendo que lo mejor para un niño era crecer junto a un hermano.

Después de más de dos años de escuchar súplicas mi hermano y su esposa decidieron darle una oportunidad, cunado él me preguntó qué pensaba yo, le contesté que estaba de acuerdo con Tomás, tener un hermano había sido el mejor regalo que me pudieron dar mis padres, también sería lo mejor para él, por mi parte, tener un sobrinonunca estaba de sobra, también es el mejor regalo que un hermano nos puede hacer.

Mi sobrino Miguel fue el regalo de Tomás para su sexto cumpleaños, nació sólo 8 días después de la fecha exacta, y se llama así porque durante los primeros años, a donde iba Tomás se encontraba con un mejor amigo que se llamaba Miguel. Al principio a Tomás le tocó chuparse el aparente desinterés por él que se instaló en la familia a raíz de la llegada del nuevo miembro, por primera vez experimentó la sensación que produce tener que desprenderse de algo que uno quiere, y afrontar la dualidad de ese dolor en pelea con la felicidad de un anhelo cumplido, del amor que es capaz de renunciar a todo, de compartirlo todo. Fue la primera vez que al tigre de su colegio al que en kinder los niños le cuentan los problemas, Tomás le lloró, porque “las cosas no eran lo mismo desde que su hermanito había nacido” y a la vez cuando llegaba a su casa, antes de todo, cargaba a Miguel en sus piernas y cuando estaban “solos” le decía: Miguel, yo te amo tanto…

Estoy segura de que ese amor ha permanecido durante estos dos años y medio que Miguel lleva con nosotros, Toti (como se llama Tomás desde que Miguel pudo hablar) le molesta la vida todo el tiempo pero nunca se angustia tanto como cuando el pequeño llora y sólo él lo puede consolar, no le gusta que lo regañen y es al único ser humano al que le da besos y abrazos sin que se lo pida.

Una vez mi papá me enseñó que uno sabe cuando un hombre ama a una mujer porque inmediatamente después de tener un orgasmo la acaricia como si la acabara de conocer, nada qué hacer, es una prueba infalible; que eso lo sepa un hombre de 60 años recorrido y vivido en las cosas del amor es apenas natural, pero que un niño de ocho años reconozca el amor verdadero en un sólo gesto es algo simplemente sobrecogedor... cuando Miguel se acuesta junto a Tomás, le pasa la pierna por encima como hacemos todos los que tenemos al ser que amamos durmiendo a nuestro lado, a ese gesto su hermano mayor le puso el mejor nombre, el que describe la grandeza de un gesto que lleva implícito el más profundo de los sentimientos: La Patica de Amor.

martes, 15 de agosto de 2006

Nosotras que nos queremos tanto

Se llama Marta Salazar y en el garaje de mi corazón tiene un parqueadero privilegiado, cerca al de los incapacitados, porque su cojera emocional no le permitiría llegar a tiempo al centro y no es cosa de hacerle más difícil el trayecto tratándose de quien se trata, se preguntarán ustedes a qué me refiero con eso de “quien se trata”, para eso estoy aquí, quien lea esto, al final entenderá, si es que su corazón le da para tanto.

Han pasado 12 años desde que la conozco, éramos casi niñas entonces y todos nuestros rasgos se veían más acentuados, mi excesiva expresividad que no tenía pelos en la lengua contrastaba, supongo, con su muralla de arbustos hecha especialmente para proteger su corazón de oro. Yo que por esos días me creía caballero andante, temeraria de profesión, supe que tendría que sufrir algunos rasguños antes de llegar a saber quién era esa que tenía enfrente. Ahora que trato de recortar, compruebo para mi asombro que no tengo en mi memoria la primera vez que la vi, raro, porque yo recuerdo siempre la primera vez que veo a los seres a los que estoy destinada a amar... es como si no hubiera habido primera vez… pero es que a Marta la conozco desde siempre y esto es más que una simple metáfora… hace unos días alguien me enseñó una expresión que yo adopté inmediatamente porque por fin podría describir el parentesco con mi amiga: Marta es mi hermana cósmica, por eso no recuerdo la primera vez, porque fue como encontrarse con un mejor amigo después de dormir una siesta, debió haber sido un saludo natural y lleno de agradecimiento porque como habíamos previsto estábamos ahí de nuevo, ella con la cuchara en la mano para recoger mi corazón cada vez que los avatares de la vida lo dejan hecho pedazos y yo con el bastón para el suyo, para que camine cuando parece que no puede...

En realidad nosotras dos nos conocimos hace miles de años en una isla perdida de una galaxia en el centro del universo, muy cerca del big bang andábamos cada una por su lado acertando a descubrir la forma de vivir en un lugar donde ya no somos uno, sino miles de millones de pedazos que se han embarcado en la aventura de la individualidad; estuvimos discutiendo siglos antes de decidir lanzarnos a la aventura de la vida y como vimos que iba a ser difícil, nos prometimos acompañarnos siempre, nos tomamos de la mano, nos zambullimos en el tiempo y el espacio y aquí llevamos un buen tiempo. Siempre ha sido enriquecedor y mágico, como lo es para todo el que se atreve a experimentar la vida, pero estar siempre juntas lo ha hecho, además, mucho menos doloroso y más divertido; soy yo quien guarda su memoria y ella quien guarda la mía, en esta carrera contra la distancia y la separación que quién sabe adónde nos llevará...

Veníamos con toda esa historia cuando nos volvimos a encontrar en nuestra UPB, a la que tengo para agradecer la gente que me ha dejado, entre otras muy pocas cosas; allí hicimos parte las dos del grupo de las "manzanas podridas" y lo seguimos siendo, insistentemente, durante todos estos años; también como la primera vez pasamos horas enteras conversando, a ella no le importaron mis bordes filosos, ni a mí su arbustos de espinas, así, al amparo de las papas fritas, los sánduches derretidos y muchas risas, construimos la base de lo que ahora tenemos. Desde esos tiempos en que me sacaba de clase nunca le he podido decir que no a nada; no se sabe quién es peor, si ella que se inventa aquellas películas de piruetas vertiginosas y a veces imposibles, o yo que me lanzo en esas aguas como si tuviera agallas y sin miramientos de ninguna clase; al final siempre salimos vencedoras, unas veces más agotadas que otras, pero siempre con la satisfacción saliéndose por su sonrisa amplia como el cielo y mis ojos iluminados como las estrellas... Más o menos así han transcurrido 12 años que cuando miro para atrás y los veo, no puedo creer que haya pasado tanto tiempo, sólo alcanzo a hacerme a la idea cuando me doy cuenta de todo lo que hemos crecido y es en ese momento cuando las raíces fuertes y a arraigadas de esto me sorprenden de nuevo.

A estas alturas nos conocemos más de lo que podemos aceptar, más de lo que nadie se imagina; hemos compartido la vida en su más extenso sentido, hemos compartido nuestras decisiones, nuestros seres queridos, las mejores historias para contar, los libros, las canciones, la ropa, la plata, las cobijas, mis madrugadas y sus amaneceres, los ideales, el llanto más puro y las carcajadas más sonoras, mis discursos interminables y sus silencios más elocuentes, la comida, los abrazos, nuestras casas y los otros países, sus soles y mi sombra, todos los secretos, incluso los que no nos contamos y adivinamos sin esfuerzo, su falta de duelo y mi confianza en la vida, su buena suerte y mis malas espinas, la felicidad y los errores, un poco de cursilería y un profundo afecto. Por todo esto cuando ella se machaca a mí me duele el dedo así esté en Alemania y cuando yo me estoy yendo y perdiendo en el camino, ella deja la muleta a un lado y pone a correr su corazón para alcanzarme.

Nunca lo hemos hablado pero ambas hemos conquistado la certeza de que pase lo que pase esto que nos une jamás se romperá, porque es un tejido inocente y seguro, de gran belleza, fortalecido por todo aquello que no ha sido color de rosa, sujetado con su decisión y mi magia, allí donde ha estado a punto de romperse...

Mi Martina es tan buena como el pan que le gusta tanto comer, es noble y honorable, le tiene miedo a los desconocidos, por eso a veces parece parca y lejana, es inteligentísima, una maestra de la diplomacia que no necesita de la hipocresía, le gusta mucho vestirse bien y dormir televisión, pero lo mejor que tiene, lo que más me gusta, es que es paciente para escuchar todas mis historias, siempre tiene una sonrisa para los demás y una palmadita en el hombro para los amigos, como a mí, le gustan los quesos y la comida picante, tiene buen gusto y la vulgaridad no es una ropa con la que se sienta cómoda, es generosa por naturaleza, franca por convicción y limpia de corazón; su peor defecto es que no come bien, sólo tengo una cosa para reprocharle y lo único que no ha hecho bien en la vida es la forma en que a veces deja que los sentimientos se le vayan por el camino viejo...

Hoy que cumple años le agradezco a la vida por tenerla aquí, porque sin ella no sería igual, a mi mundo le faltaría una de las patas en las que se apoya, por eso brindo aquí a su salud, para desearle siempre lo mejor. De regalo le hago la misma promesa incondicional: no importa lo que haga o deje de hacer, aquí siempre habrá un lugar con las ventanas abiertas donde siempre hace sol, dónde escamparse de la lluvia y refrescarse del calor en un mar de agua dulce, donde siempre estará un hada con cara de bruja esperándola con un café en la mano, todas las palabras y todos los silencios para que se cure el alma o la descanse, según sea el caso...

viernes, 11 de agosto de 2006

A propósito del parque de Carlosé, La Miscelanea y otras cositas

…Porque el parque es como un muerto, uno de los buenos, todo el mundo lamenta su pérdida pero nadie puede hacer nada; por eso pensamos que lo mejor sería ponerle alrededor una cinta violeta, como las de los entierros, que en lugar de sentidas condolencias diga: prohibido pasar, privado, con las letras y barras de las cintas de señalización de los edificios en construcción.

No sé si porque el tiempo se acababa, porque las ideas expuestas eran buenas y estaban aprobadas, o porque nadie me preguntó, pero me quedé callada; dirá la mayoría que a nadie le tienen que preguntar para que hable de lo que tiene en mente cuando el propósito de estar ahí es precisamente ese, y más tratándose de mí, que gusto de decir lo que pienso, máxime si es fuera de tiempo y cuando ya no sirve para nada… me toca aquí entonces, reclamar el derecho a sentirme alguna vez apabullada, temerosa, insegura. En mi defensa alego el ego del artista, que a veces no le permite ver la sensibilidad en el otro; como testigo de que lo que digo si bien no es excusa es cierto, tengo un espasmo en la espalada que no me da tregua, que me atenaza todo el cuerpo y al parecer y debido a la evidencia innegable, afecta tanto mi ser como para agotarlo hasta el silencio.

martes, 8 de agosto de 2006

Piratas de película

Piratas del Caribe llegó este fin de semana a 400 millones de dólares recaudados en taquilla, yo fui una de las que puso 12.000 humildes pesos de esos, no me arrepiento, fui con mi sobrino y me la pasé muy bien.

Soy de esos que se dejan fascinar por las historias de piratas, tal vez porque estos personajes pertenecen al grupo de los grandes rebeldes, porque me encanta su condición de fugitivos, su bandera negra con calaveras blancas, seguramente porque La Isla del Tesoro es uno de los libros que leí con más avidez cuando era pequeña. La segunda parte de Piratas nos trae las canciones que cantaban, los rituales que llegaron a través del tiempo hasta nosotros para convertir una película sin mucho esfuerzo intelectual en una muy buena historia.

Desde la primera parte, La leyenda del perla negra, Piratas del caribe supo utilizar los mejores efectos en función (es decir, que los efectos le sirven a la historia y no al revés) de las mejores leyendas de piratas; es así como sus productores recrean en parte La historia del barco fantasma del alemán Wilhelm Hauff, que cuenta la leyenda de un barco encantado donde su tripulación fantasma está condenada a vivir eternamente en las noches, y a ser meros esqueletos de día. En la película todo eso sucede alrededor del mágico capitán Jack Sparrow, interpretado de manera adorable por el carismático Johnny Depp. Es increíble como este señor nos hace creer posible un pirata con ademanes de dama fina, que parece siempre borracho, pero más que eso, está loco después de haber pasado hablando solo en una isla varios años; que corre como una niña, y que a pesar de su falta de escrúpulos y su egocentrismo, nos resulta encantador.

Esta segunda parte, se me hizo un poco más densa, pero igualmente espectacular en los efectos que utilizan para contarnos las piruetas que tiene que hacer Jack para escaparse del Kraken (monstruo mitológico escandinavo), esa bestia del mar, que se lleva los barcos que tienen la marca negra (Véase La Isla del Tesoro) de un solo tirón. Nada que decir que no se haya dicho sobre el vestuario y maquillaje, cosa que nos sigue sorprendiendo de este Hollywood que no escatima gastos para hacernos creer que estamos en un barco pirata, con piratas de verdad, verdad, con patas de palo, ojos de vidrio, banderas negras, y el mugre de meses pegado a las ropas. Los malos de esta vez, son tan sobrehumanos como los esqueletos de la primera, seres que son una mezcla entre hombres y peces martillo, globo y hasta caracoles ermitaños, un arte hermoso, que los hace temibles, y espeluznantemente bellos, como los arrecifes profundos del mar de donde vienen.

Sin embargo, a pesar de ser tan comercial en tantas cosas, la película se sale en varios puntos de la formula Hollywoodense; que el protagonista sea un personaje como Jack ya es bastante, pero lo mejor es que al final nos dejan con la duda de que la protagonista, que se va a casar con el galán (Orlando Bloom), termina como enamoradilla de Jack, es simplemente encantador, no sé como describir el placer que da ver una película con 400 millones de taquilla donde el “bueno” termina mal, con la misma duda que nosotros de si la mujer que ama se volvió pirata o de verdad se enamoró del amoral Jack.

Yo siempre digo que a cine hay que ir sabiendo a dónde se va, si uno es homofóbico no se va a ver Brokeback Mountain, si no le gustan las historias de piratas, no se va a ver El Cofre De la Muerte; esta no es una película para reflexionar, o para tocarse el alma, es para ir a disfrutar, reírse, divertirse, la diferencia es que está hecha para eso pero con calidad. Por eso, gracias a los que ponen en imágenes esas historias que sólo aparecían en leyendas escritas, a Orlando Bloom por ser siempre tan papacito sin dejar ser un actor decente y darle así de comer a nuestros ojos y sobretodo millones de aplausos para Johnny Depp por hacer esas películas para sus hijos que nos recuerdan el niño que no podemos dejar de ser nunca.

martes, 1 de agosto de 2006

En días de espanto

En estos tiempos en que el espanto nos acecha desde el Líbano, la injusticia desde Méjico, y la desesperanza se instaló en nuestra propia casa, toca aferrarse a lo que sea para no perder las ganas de levantarse cada día. El sol anda por estos días muy titino, y eso es algo, los amigos siguen ahí, mordaces y pertinaces y eso es mejor, algunos se van o están lejos, eso no ayuda, pero otros han vuelto y llaman por teléfono y eso es como algún poeta dijo alguna vez: un guayacán amarillo en un cementerio. Lo mejor, sin embargo, cuando las cosas se ponen feas, es recurrir a los recuerdos; como dice Juan Luis Guerra últimamente: hay que guardar los buenos momentos para que te iluminen por siempre.

Hubo una vez, hace poco menos de un año, en que le escribí una carta a alguien y estuve varios días debatiéndome entre la necesidad de que respondiera y la seguridad de que no lo haría, luego, con el trajín de los días, tanto la necesidad como la seguridad desaparecieron; cuando estaba apunto de olvidarme del asunto, apreció en mi buzón de entrada un mensaje con el nombre del increíble remitente, en el momento menos oportuno, cuando estaba en una oficina con otras 5 personas, en un computador prestado por cinco minutitos para revisar una cotización y con un millón de cosas por hacer, imposible abrirlo ahí, había que esperar el momento para encontrar el tesoro (o la caja de Pandora) y con la promesa que el título del mensaje proponía en mi mente, salí a la calle, a un día de sol como hoy, con esa luz dorada que en esta ciudad hace las delicias del color; y ahí estaba yo, en medio del tráfico, ya no importaba qué dijera el mensaje, era un regalo que contenía la prueba de que aun estaba viva, otra vez el estómago estaba ahí, la sangre se sentía mover por las venas, el alma se echaba a caminar de nuevo.

Y mientras, un increíble se derramaba ocupando todo, increíble la valentía para escribir la carta, increíble la respuesta, increíbles sus efectos, increíble que un taxista frene despacio a mi lado y al verme grite sonriente: cuénteme el chiste a ver si yo me río también. Increíble esa sonrisa de pastel que duró hasta muchos días después de haber leído el mensaje que obró el milagro final de hacerme sentir que después de lo bueno sigue lo mejor; no sólo me llegó una respuesta sino una invitación sutil al dialogo, como quien deja una puerta ajustada y nada más. Yo por supuesto, esperé unos días antes de abrir esa puerta, para saborearme ese estar viva por un rato más. Nunca volví a saber del personaje, hasta que la sonrisa se diluyó entre otras menos amplias, y el sentimiento de victoria, el efecto del milagro, se convirtió en un recuerdo más, uno de los que iluminan los días en que respiramos sin darnos cuenta, y la sangre no corre cantarina por las venas sino que golpea furiosa de vez en cuando.

Pensé ahora justamente en ese recuerdo porque por más que lo intento no logro volver a poner en mi corazón esa esperanza y en mi rostro esa sonrisa, es más, hace tanto tiempo que no sucede que olvidé lo que se siente, porque sí, esos recuerdos son la tabla de salvación, pero no la salvación, el recuerdo de un día soleado no produce lo mismo que el calor del sol en la piel. Aunque claro está, mejor una tabla que nada, por lo menos sabemos que es posible, y sobretodo, recordamos aquello que enciende la esperanza: esas cosas suceden cuando menos te lo esperas; ese recuerdo envuelve la seguridad de que en la cosa más pequeña puede residir toda la felicidad, por lo menos la de un par de días, que a qué negarlo, terminan, como ahora, bastando para el resto.