domingo, 16 de septiembre de 2007

Pa'l sur

Marta Conti

En mi primer recuerdo yo estoy sentada en el salón y ella pasa por mi lado y se sienta al frente de la profe Gabi, ya llevábamos 15 días de clases, así que notar su presencia era normal, pero la primera vez que hizo una pregunta, yo supe por su acento que era hispanoparlante, y como siempre habló mejor que yo, desde ese día aprendí esos sonidos que parecían imposibles, imitando la forma en que ella los pronunciaba. Teníamos un grupo de toda la escuela con el que nos juntábamos en el descanso (en un ataque de nostalgia) a hablar español, había de todas partes ahí, pero la niña nueva era mucho más inteligente que todos nosotros y se empezó a hacer con los turkos para practicar el alemán, dijo ella después, pero como yo la conocí tan bien, supe siempre que tampoco era que le cayéramos muy bien. Un día como nos pasa a todos (aunque seamos muy inteligentes), la sangre pudo más, y en una visita que nos hizo un exalumno proveniente de su misma ciudad, la niña nueva se hizo con nosotros, recuerdo que yo pensé (no sin sorna) para mis adentros: yo sabía que más temprano que tarde ibas a caer. Después de un rato de estar ahí conversando con el otro cordobés, con todos y con ninguno, una israelita que se hacía con nosotros a escucharnos hablar dijo en perfecto español: hace frío, y por estas cosas del destino, la Marta y yo empezamos a cantar al mismo tiempo: estoy lejos de casa, hace tiempo que estoy sentado sobre esta piedra, yo me pregunto para qué sirven las guerras… la cantamos hasta donde nos dio la memoria, para cuando terminamos, ambas supimos, con la certeza saliéndose por nuestra sonrisa, que desde ese día nunca más nos separaríamos.

Ana Gozalbo

Un día un amigo me preguntó por la escuela donde estaba estudiando, dijo que tenía una amiga que venía de España y quería saber cuál era la mejor opción de estudio. Un par de semanas después recibí una llamada de Stefan; su amiga acababa de llegar y quería pedirme que la ayudara con lo de la escuela y demás temas sociales en ese país que no está hecho para los extranjeros, entonces la puso al teléfono, y para asombro de todos hablamos como media hora, quedamos de vernos al día siguiente después de las clases para hacer lo de su inscripción y como era mi tarde libre, conversar un poco. Al otro día al salir de clase un par de amigos me invitaron a tomar algo, yo estaba esperando a que Ana llegara, miraba todo el tiempo para la esquina cuando de pronto se abrió la puerta de la escuela y una muchacha con ojos y pelo negro, moños de puca, zapatos de Mafalda y una sonrisa de toda la cara, bajó las escalas sabiendo que yo era yo, así supe yo que ella era ella, nos tomamos el café con mis amigos por lo que la primera conversación que tuvimos fue en inglés, pero después nos quedamos solas y desde entonces no hemos parado de conversar.

Es bien sabido y está más que comprobado que entre inmigrantes los lazos emocionales necesitan mucho menos tiempo y esfuerzo para hacerse fuertes, en esa situación, los afectos no admiten medias tintas, y por alguna razón, se convierten en algo que posiblemente durará toda la vida, Marta y Ana fueron mi familia, mi cama y mi comida, mi calor en el invierno, lo mejor que me pasó cuando estuve afuera, con ellas pasé una guerra mundial, y puse a Colombia en su lugar, estaban conmigo cuando vi por primera vez nevar y entendí porqué siempre que se habla de belleza se traen a cuento los copos de nieve, con sus familias pasé las mejores vacaciones que jamás he tenido, a su lado canté hasta quedarme sin voz en un concierto y lloré de emoción viendo un circo, por ellas la decisión entre hablar bien Alemán y ser feliz se me hizo tan fácil, las llevo conmigo a donde quiera y todavía a veces las extraño tanto que me pongo a llorar. Con ellas leí en voz alta mi capitulo preferido de Rayuela, aprendí que la vida es una hortera y el mundo un quilombo y me di cuenta que che y puta madre, son palabras que se utilizan para casi cualquier cosa, aunque alcance a no decirlo, casi siempre lo que se me viene a la cabeza es un boludo o un gilipollas. Cuando voy a cine a ver películas argentinas o españolas me gusta cerrar los ojos y recordar como hablaban y pensar que por un par de horitas estuvieron otra vez conmigo.

Ahora me voy pal sur a encontrarme con ellas después de tantos años para con seguridad volver a sentir que “la patria es una fulana”. Me voy antes de que una montaña me aplaste y entonces yo comience a odiarla, me voy a respirar otros aires y sentir otras nostalgias, me voy, a ver si por fin regreso.

2 comentarios:

María Cristina Ortiz G dijo...

que bueno ir hacia el sur, mas rico que reencontrarse con uno, con las amigas y con un monton de cosas nuevas...me alegro mucho que tengas un buen salto!
te quiero, un abrazo cuantico
cris

juanmosquera dijo...

...otros aires buenos aires y buen viento, buen viaje y alegría para el dia en que cantes aquel tango que dice Volver...