martes 28 de febrero de 2012

Mi hermano es un super héroe



Mi único hermano, el mayor de nosotros dos, no es un tipo de discursos, excepto por algunas consignas filosóficas de entrenador de fútbol —irrepetibles por demás— se podría decir que carece completamente de él. Nunca le he escuchado decir que quiere salvar el mundo, de hecho, si alguien le pregunta dirá que sólo quiere ganar plata para mantener bien a su familia, sin embargo, estudió para ser profe de educación física, y a sus 37 años yo creo que es, sobre todo, un maestro. Me explico: con eso de querer plata dejó el equipo de la B del Medellín para dedicarse a buscar un trabajo bien pago que le alcanzara para comprase una moto grande y algún día una casa y un carro, así que terminó de entrenador de fútbol en un colegio de niños ricos. A mí nunca se me hubiera ocurrido algo así, a casi nadie que yo conozca, pero parado desde ese lugar aparentemente tan superficial, mi hermano hace más por el mundo que la mayoría, se supone que yo tengo más discurso, tengo un ser político desarrollado, leo mucho y todas esas cosas que él no hace, pero cuando voy a ver, mi hermano me lleva años en eso de realmente hacer algo por este mundo: educa seres humanos, y desde su intuición y su saber específico lo hace siempre para bien.


Él, por ejemplo, dice (y yo creo que de verdad lo cree) que uno compite para ganar, nada de eso de que lo importante es participar, pero luego me cuenta que estuvo conversando con una niña de 10 años que es grande para su edad (y seguro, y por lo mismo, un poco torpe) para convencerla de que entre al equipo de basquetbol de su curso, ella acepta y en menos de un año ya no le faltan amigos porque con la ventaja de su talla y un buen entrenamiento de sus habilidades, hace ganar a su equipo, que es lo que él dice que buscaba, pero ojo, lo suyo no es falsa modestia, simplemente, para él, la concepción del deporte como un eje de desarrollo humano es tan obvia que lo que hay que explicar es lo de el vicio de ganar.


Un día, el hijo del rector del colegio estrato 7 donde trabajaba estaba en el descanso corriendo por encima de las jardineras, pisoteando las plantas, mi hermano le pide que se baje de ahí, y el niño le responde: ¿es que usted no sabe quién es mi papá? Mi hermano le contesta: ¿y es que usted no sabe quién es el mío?, cuando nos lo cuenta en casa todos nos largamos a reír, el niño quedó tan desconcertado que dejó de hacer lo que estaba haciendo… el sentido del humor es una característica del amor, sé que mi hermano ama como pocos lo que hace, y lo hace cuidando cada cosa que dice en frente de sus alumnos, de las personas que de alguna manera tiene a su cargo; teniendo en cuenta que la mayoría de estos jóvenes con que trabaja lo único que tienen es plata, hace una labor de incalculable valor, hay padres de adolescentes que cuando ya no saben qué hacer “amenazan” a sus hijos con contarle al entrenador Cárdenas, porque muchas veces ha sido lo único que funciona, porque mi hermano sabe que pocas cosas son tan importantes para el ser humano como la contención, mi hermano es tan grande que es capaz de contener a todos sus alumnos.


Mi hermano tiene dos hijos, como padre joven, le conocí un par de errores que cometió cuando el mayor de ellos estaba pequeño (si es que a eso se le pueden llamar errores, a comparación de lo que se ve en el mundo) y seguramente no será perfecto ni mucho menos (ya se encargarán mis sobrinos de dejarlo bien claro) pero es un padre que ya quisieran haber tenido muchos, mis sobrinos lo consideran uno de sus mejores amigos, y eso que varias veces que se enojan con él, por un descuerdo de esos fundamentales entre padres e hijos que termina con el retoño castigado, les recuerda (y ahí si tiene discurso) que él no está para ser su amigo, que tienen permiso de odiarlo cuanto quieran, que él está para ser papá y ayudarlos a ser buenas personas —y por lo tanto personas felices— y que de eso hablarán dentro de 20 años (literal, me ha tocado escucharlo), y yo lo admiro porque eso requiere valentía, o por lo menos a mí me lo parece, que soy la tía chévere que solo quiere que la quieran. También porque es un padre razonable, amoroso, con criterio y autoridad moral suficientes.


Mi hermano fue mi mejor amigo mucho tiempo (y por eso desde siempre he valorado inmensamente la amistad masculina) y es uno de mis superhéroes favoritos, es casi todo lo que dice Pala, desde “un papá que regala condones”, hasta una “chispa de humanidad”, un hombre que, ahí donde lo ven, le ha cambiado por completo la vida a más de uno, un ser humano fácil que confía en la vida, que por las noches se duerme tan rápido como quien no tiene de qué arrepentirse, que cree que la felicidad está en las cosas básicas, que se ubica en el presente casi tan bien como un maestro zen, un bonachón que enternece con su ingenuidad y su falta de malicia, que ha sido capaz, así, con su aparente precariedad, de hacer feliz durante 17 años a la mujer que ama, en el acto simple de elegirla una y otra vez (incluso a pesar de ella misma) como tan pocos hombres tienen huevos para hacer… después de eso no me queda mucho más qué decir, o si no, que lo digan mis amigas.

domingo 23 de enero de 2011

Carta pública a Toti



No sé cómo empezar este mensaje para vos… tenés nada más doce años y yo te llevo 21… te he visto crecer estando lo más cerca que he podido y tengo que decir que ha sido una aventura alucinante, parecida a lo que sería ver a mi propio hermano (tu papá) nacer y crecer de nuevo, pero mejor, porque digamos lo que digamos, a pesar de todas las apariencias, los seres humanos cada vez somos mejores. Serás mejor que nosotros. Así que aquí estamos, vos en tu aborrencencia (que una vez se acabe no le desearás a nadie) pasando por el peor momento de tu vida, y yo, más vieja, también un poquitín más sabia, tal vez pasando por el mejor momento de mi vida, queriendo que fuera posible que tu dolor, mejor que tuyo, fuera el mío… pero nada, mejor vos a tu fútbol y tu play 3 y yo a mis letras, mis palabras, a escribirte; ambos haciendo lo que mejor sabemos hacer.

Ser tu tía, ser mayor, no me daría derecho a superficializar tu sufrimiento, máxime sabiendo lo que es perder así, en tres minutos, inexplicablemente. Porque yo me la he pasado llegando tarde al amor, como vos a veces a una pelota, sé de ese dolor impotente y desgarrador. Yo también quisiera devolver el tiempo, hacer las cosas mejor, incluyendo ayudarte; poder advertirte, no dejarte perder, pero así no funciona la vida. Esto es lo que trato de decirte: si el fútbol es la vida que escogiste, tendrás que aprender a transitar muchas veces por lugares como en el que ahora te encuentras, sin embargo, digamos que tiene sus cosas; aunque no depende sólo de vos, trae también grandes amigos; y sí, el azar interviene, pero muchas veces será a tu favor; el árbitro se equivoca, pero hay a quien odiar para no odiarse a sí mismo; cuando uno desacierta, desaciertan todos, pero el espectáculo es tan apasionante que miles de personas pagarán para verte.

Tú y tus amigos merecían ganar y aunque siempre es bueno mirar atrás para no repetir las historias que uno no quiere, asumir así las responsabilidades y ayudar a otros a asumir las propias, espero (y te lo digo porque sé qué clase de ser te habita) que mirar atrás no se convierta en una obsesión que lastime tu alma o hiera tu corazón de forma irreparable. Los seres humanos amamos el drama, tanto como para convertir cada dolor en sufrimiento, lo cual es totalmente innecesario. Llora lo que tengas que llorar, enójate y desahógate, pero mantén un lugar dentro de ti que nada pueda romper, el lugar donde descanse la dignidad y resida lo que te hace humano, porque de ese lugar procede toda felicidad en la vida, nada vale la pena ponerla en riesgo, y no olvides que ese lugar, en el centro de tu corazón, se alimenta de todo lo bueno que hay en cada situación: tus amigos, Simón y Willmar (que te necesitan y necesitas, no hay nada que una más a dos personas que compartir el mismo dolor), la dedicación de tus entrenadores, un papá que supo conseguirte el mejor equipo, el privilegio de poder dedicar tu vida a hacer lo que más te gusta, tu talento… y por si eso fuera poco: una casa, un perro, un hogar, una mesa, una comida y sobretodo, el amor de un ejército de personas (papá, mamá, hermano, abuelos, varios amigos, y por lo menos una tía) que daríamos nuestro dedo meñique porque nos permitieran cambiar de lugar contigo, relevarte en el ejercicio de vivir por estos días, en que hasta respirar te duele; porque saber con certeza que otros nos aman de verdad, es lo único que nos salva de morir en el intento de vivir y ser felices para contarlo, oficio que nunca se acaba de aprender.

Si te sirve en algo de consuelo, creo que a pesar de todo tuviste un debut impresionante, eres un jugador maravilloso: talentoso, inteligente, maduro en la táctica y la estrategia, y en lo personal, tengo que decir que me complace y me divierte tu decisión de apostar por defender más que atacar, porque sé que proviene de la sabiduría que te hace entender que es más importante ganar que brillar, lo que te hace tener un estilo generoso, preocupado por su equipo, sinuoso y aguerrido, silencioso pero efectivo, delicioso. Ese bajo perfil, que songo sorongo te llevará muy lejos, se me antoja un cierto gusto (que comparto contigo) por el “tras bambalinas”, por hacer el trabajo importante que no sale en los créditos sino al final de la película.

Perdóname entonces si te hablo como si ya fueras grande, arriesgándome a que no entiendas nada, pero en la cancha sos tan viejo que tengo que verte al lado del árbitro, corriendo como un pingüino, para recordar tu edad, en ese momento se me encharcan los ojos, porque ese recuerdo me llena el corazón con todo lo que yo te he querido desde la primera vez que te vi, cuando cabías todito sobre mis piernas, esa vez me sonreíste y yo supe que te caía bien y que te iba a llevar conmigo para siempre. Tendrás que crecer antes de entender que a mí, ahora, no me cabe el orgullo en el pecho y que por eso me pongo a gritar en la tribuna que yo te quiero, como corresponde a la primera fan de todos los que seguramente te sobrarán en la vida.

sábado 25 de diciembre de 2010

Navidad 2010



Si hay algo que ahora pudiera regalar a cada persona que quiero sería que tuvieran lo que ahora tengo yo, sin tener que pasar por el año que acabo de pasar; les entregaría gratis este estar al otro lado de una manera tan anónima y sutil, tan silenciosa e irrelevante como cuando la serpiente cambia de piel, y sin embargo, este poder ser otro cuando ya es tan difícil ser uno mismo, estrenar alma como cuando se pone uno un vestido nuevo, una bonita y mejor, esa que un año atrás apenas mirábamos en la vitrina. A todos toditos, les regalaría eso, y me volvería a parir a mi misma dos veces si con ello a quienes más amo les ahorrara su propio parto, así como debió ser esa cosa de la venida del espíritu santo que les regaló una vez a sus amigos ese que hoy celebramos que nació. Pero no se puede, supongo que una cosa no puede existir sin la otra, que no hay marrones sin tirones ni heridas de velcro, así que sólo les puedo desear, que cuando les toque el turno, tengan lo que tuve yo: la compañía de los mejores, un ángel en cada esquina, esos mis amigos los elfos que arriesgaron también la vida para salvarme, un partero pluma blanca armado de agujas y pócimas para curar los peores dolores, todo eso que cuando volvés a caminar no tenés cómo nombrar y mucho menos agradecer, sólo desear lo mismo (y con eso cerrar el círculo), por eso: que cuando tengas que cruzar por el oscuro Valle de la Muerte tengas lo que tuve yo: alguien como vos.

lunes 6 de septiembre de 2010

no habiendo más



Después de tanto tiempo sin escribir una sola palabra aquí, es decir, una sola palabra para mi, me enfrento otra vez a una hoja en blanco, tiemblo ahora como cada vez que se aparecía en mi imaginación, me refiero a la hoja que desde toda su vacía blancura aún me amenaza, no sos capaz, dice, repitiendo la oración (en todos los sentidos de esta palabra) que no han parado de susurrar mis fantasmas en estos últimos meses: no sos capaz de decir todo lo que tenés atragantado. Cada vez que he tenido un impulso de hacer algo al respecto recuerdo que he dejado pasar todos los temas, qué puedo decir ahora cuando no dije nada antes, pasaron por encima de mi, literalmente, un mundial de fútbol, un Congreso Iberoamericano de Cultura, una convención de músicos y el Museo de Antioquia con el peso de todos sus gordos de Botero, y yo, no dije nada. Bunbury tiene nuevo disco, conocí a Vetusta Morla y a Sao Paulo, me fui de mi casa a mi propia casa, Lila Downs cantó, el Festival Iberoamericano nos embelleció, y Saramago murió… si, se fue el mago de las palabras para siempre y yo no pude decir nada, como si con él se hubiera llevado todas las palabras, lo que equivale a perder un amigo y no poder llorar por él, pero ni siquiera ahora puedo honrarle, porque para hacerlo, parafraseo el discurso de alguien más que sí lo pudo hacer.

De todas maneras, a quién le importa lo que tengas para decir, eso dicen los fantasmas, y yo me encojo hasta la pequeñez total, con ganas de sentarme en un rincón a llorar las palabras que no puedo parir, como si alguien muy poderoso callara mi voz con la palma de su mano puesta en mi boca hasta no dejarme respirar, entonces vuelvo a recordar un sueño que tuve hace años… yo estaba en el mar, el mar adentro, estaba sola y sabía que no iba a resistir mucho tiempo antes de hundirme sin aliento para mantenerme a flote, estaba cansada, pero luchaba por aguantar un poco más, pensaba que alguien vendría a salvarme, alguien en particular, sin embargo pasaba el tiempo y él no venía… ya no recuerdo si me di por vencida o el cansancio me venció, solo sé que dejé de pelear y comencé a hundirme sin remedio; han sido los segundos más desoladores y al mismo tiempo más desaprensivos de mi vida, ha sido la única vez en que mi ser ha abandonado por completo la esperanza, como si hasta el azar me hubiera abandonado a mi… el agua ya sobrepasaba mi nariz, no podía respirar, como si el mar poderoso, me tapara la boca con la palma de su mano… lo último que recuerdo es que lo vi, nadaba hacia mi, desperté de un brinco en mi cama, cuando en la vigilia respiré en un involuntario reflejo de supervivencia, apenas tuve tiempo de fijar el sueño en mi memoria cuando volví a quedarme dormida, en el sueño despertaba en una hamaca, el mar se oía cerca, era de día, me sentía débil, pero había algo sumamente cálido y acogedor en el ambiente, busqué con mi mirada y a mi lado estaba él, que cuando se dio cuenta de que estaba despierta, preguntó con la voz del que es capaz de toda esperanza: ¿puedes caminar?...

Por favor que alguien venga por mí y pregunte ¿puedes escribir?

martes 12 de enero de 2010

Navidad 2009

A Miguel, mi sobrino de cinco años (casi seis), no le gusta que Tomás, su hermano mayor, le diga que es un niño. Así terminamos el 2009, por lo menos la parte de la noche de año nuevo que me tocó la suerte de estar con ellos. Una discusión de aquellas entre dos hermanos y una en la mitad, haciendo (sin mucho éxito) de adulto, tratando de que el uno no se enoje por cosa tan simple, y de que el otro preadolescente deje esa manía de poner furioso a su hermano, a estas alturas ya Tomás le está diciendo al chiquito: ¿entonces cómo te tengo qué decir? Y Miguel responde: ¡joven Miguel!, como si eso fuera así de lógico, Tomás me mira, y peleando contra su propio enternecimiento (o empujado por él) y porque heredó un poco del sentido del humor de esta familia, me dice para que Miguel lo oiga también: Míralo, míralo tía y dime que no ves un niño. Migue se le deja ir encima como una fiera, terminan los dos regañados por los padres, estirando trompa y a la casa de la otra abuela.

Pequeños acontecimientos sin importancia (digo yo que no soy la madre, solo la tía) comparados con el gran amor que se tienen esos dos, comparados con lo que son capaces de hacer el uno por el otro, ejemplo: Miguel es un fanático de la navidad, cada año escribe (dibuja) una carta con su pedido al Niño Dios, con quien, a juzgar por los resultados, tiene una rosca que yo, por lo menos, le envidio. Este año hizo temprano la carta y la dejó al pie del árbol, un robot y una pista de carros, no más, según contó después, porque la mamá aconsejó tener prudencia con el Niño, yo me adhiero, de la generosidad de un dios es mejor no aprovecharse.

Pasados un par de días la carta seguía en su lugar, Miguel ansioso preguntó por los motivos de tanta demora, la respuesta era muy simple: Tomás no había hecho la suya, y ni que el Niño Dios fuera bobo para venir dos veces a la misma casa. Dicho esto Miguel no dejó en paz a su hermano hasta que no hizo lo propio con sus pedidos. Puestas las dos cartas, solo era cuestión de esperar, pero el Niño tampoco venía, Miguel empezaba a preocuparse, se le recomendó paciencia, el Niño Dios en estos días tiene mucho trabajo por hacer. Una noche, él, que casi no se separaba del árbol, se descuidó un par de horas y cuando volvió, las cartas habían desaparecido, salió corriendo donde su hermano mayor gritando: las cartas ya no están, se la llevó el Niño Dios, entonces Tomás lo acompaña “incrédulo” a mirar, efectivamente las cartas no están, paciente, escucha las reflexiones del pequeño: raro no haber sentido nada, Tomás se pone alerta frente a esta lógica y armado de amor le contesta: yo estoy seguro de haber escuchado algo, creo que fueron las campanitas del árbol, debió ser el Niño Dios que las movió al pasar para recoger las cartas. Santo remedio. Miguel no duda más y lleno de emoción dice: qué pesar no haber estado ahí para verlo, claro que el Niño Dios no se puede ver porque es invisible, pero por lo menos – suspiró – hubiéramos podido ver las carticas volando…

lunes 16 de noviembre de 2009

Confesión



Mi amiga Carmen dice que mejor me despida de él, que aproveche esta ocasión y que por lo menos lo lleve al terreno de la amistad, que este amantazgo no me conviene, que Mr Bunbury me lastra. Y es que él, haciéndole honor a su nombre (ver La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde) ha sido ese amor imaginario que me acompaña desde que tenía 14 años... al principio reaccioné como reaccionamos las mujeres enamoradas cuando nos dicen que nuestro hombre nos sienta mal: me negué rotundamente, son muchos años de amor malamente compartido, y aunque ya estamos en ese lugar de los matrimonios viejos en que sobretodo reina la resignación, a mi, vivir sin ese muchacho al que siempre vuelvo en las noches cuando en la cama nadie me espera para hablarme al oído, me es tan imposible como para caperucita dejar de jugar con el lobo. Sin embargo, y porque he visto también a la caperucita poner los puntos sobre las íes, pensé que después de cinco años de no verlo y con todo lo que ha pasado en el transcurso de ese tiempo, sería tal vez mejor hacerle caso a Carmen y con amor, aprovechar el encuentro para morir lo que queda de la empeliculada que alguna vez fui, mientras dejo ir a mi Enrique.

Hago fila desde temprano, repitiendo el ritual que nos une desde hace 18 años y pienso en todo lo que es capaz de despertar… qué será lo que tiene Enrique que solo puede engendrar un amor apasionado, borracho y ciego, o una aversión punzante e incapaz de ocultarse. 3000 personas que le perdonaríamos todo y una sola amiga a mi lado, confirman lo que digo. No lo puedo explicar, para unos el amor es tan obvio como la aversión para los otros. Inútil tratar de entender, se trata de pasiones humanas.

Lo espero pacientemente todo lo que es necesario, sobretodo ahora que he decidido despedirme de él, pero al cabo de muchas horas mi amante fantasma sale al escenario y se ve más guapo que nunca, más bien puesto a sus 40 y algo que cuando tenía 27. Se para al frente y con la voz intacta me canta todas las de despecho, varios alrededor lo notan, Enrique casi no tiene canciones felices, pero la tragedia que cuenta es en definitiva sobre la vida, sin embargo esta noche se dedica al desamor: “te ataré con todas mis fuerzas, mis brazos serán cuerdas al bailar este vals”, “si me perdonas, si me das otra oportunidad, amor, prometo escribirte una canción diciendo que ahora acepto la derrota, pero sólo si me perdonas” no está triste, solo se divierte conmigo porque sabe como hacerme cambiar de opinión, estoy a punto de rendirme, si de todas formas una noche con él, es mejor que la colección interminable de conversaciones incoherentes con locos de atar en que se ha convertido el amor en estos tiempos de música electrónica contemporánea.

Miro alrededor, no soy solo yo, nos le entregamos toditos, y él nos paga con muchas creces, una buena guitarra y un repertorio memorable. Cada canción es mejor que la anterior, al final nadie tiene voz, ni yo corazón para decirle que no: este amor se morirá con el primero de los dos que deje de respirar. Como dios manda. Como nos merecemos aquellos que no nos resignamos a esta falta de poesía que es la vida real y escueta.

lunes 26 de octubre de 2009

Bilbao



Es raro, porque las ciudades pequeñas no me gustan, enseguida me da sensación de claustrofobia, de instinto que es capaz de medir los habitantes por metro cuadrado. Amo lo que conozco: smog, ruido, caos, carros pitando, taxistas mentando la madre, ciudades inasibles, densas. Clarito tengo (desde la primera vez que pisé uno), que pueblo pequeño, infierno grande. Medellín incluso se agota rápido, pero hasta ahí es soportable, menos, me produce el mismo pánico que sentí cuando tenía 11 años y me obligaron a leer El cristo de espaladas, cada que entro en un pueblo pequeño me viene el mismo olor a hongo pudriéndose en la sacristía.

Y ahora, un día, sin pensarlo, me encuentro por fin con Bilbao. Esa ciudad que presentí cada vez que me encontré con un vasco recorriendo solito el mundo y parloteando con sus compatriotas de todas partes, sentado en las ruinas de San Agustín por ejemplo y prometiéndome su tierra mientras me tienta con la imagen imposible de una chuleta de buey de un 1kg servida en un solo plato.

Estuve solo cinco días, además mi amor por ella fue a primera vista, es posible entonces que todo lo que voy a decir a continuación sea una invención. Los que me conocen saben que me invento cosas, sobretodo amores, yo casi siempre alego en mi defensa que no hay más realidad que la que uno crea porque la siente en la panza, en este mundo donde nadie sabe adónde ir, hay que hacer como Gandalf y guiarse por la nariz. Así fue que Bilbao se convirtió en mi amor más real de los últimos tiempos:

Llego de noche, sin haber dicho en qué número de vuelo, una vez que piso suelo sé que todo estará bien, el aire huele a limpio, pero no a limpio de no contaminado, sino que huele a pureza, a una cosa que los celtas debieron haber conocido, a algo simple que está aquí y que nunca se irá. Solo es el olor, pero me basta para sonreír de nuevo. Cuando salgo del aeropuerto, miro a todos lados y con solo verlo, sé que es quien viene por mí, se llama Jon, y se ve como una especie de punkero del monte, es el conductor del festival al que me invitan y por el que estoy aquí, al llegar al centro, se pierde, es bombero y conductor de ambulancia (las ambulancias tienen GPS), y se pierde, nos reímos porque no importa, y desde ese momento empiezo a entender algo que después se convertiría en admiración y con los días en envidia, algo que espero recordar siempre: aquí la gente se permite el error.

Las primeras personas que conozco son las que organizan el Festival Jet Lag Bilbao de expresiones urbanas, del área de juventud del ayuntamiento, gente linda, como todos los vascos, son laboriosos, puntuales, trabajan las horas que necesita el día, luego viven, salen a comer, comen muy bien, hay una costumbre a la hora del almuerzo (que puede durar las dos horas completas): van de sitio en sitio, comiéndose unas tapitas, con una cañita, conversando de pie junto a la barra, y así hasta que no haya más hambre. Esto para los que pueden, los que no, salen los viernes a medio día, caminan por la ría… ay la ría… es una mujer que atraviesa toda la ciudad, que en algún lugar todavía huele a pescado, pienso en ello, Bilbao fue una ciudad industrial mucho tiempo, pero a mi, esos cinco días que la anduve, me despertaron el pescador que llevo dentro, vuelvo entonces a lo de saber vivir, aquí saben vivir, sin pausa pero sin prisa, como si la vida se fuera a acabar, pero no ahora, rodeados de belleza, que para eso la naturaleza sirve de muestra, la ven todos los días en el espejo.

Aquí también hay pobres, inmigrantes ilegales, barrios “alejados”, desempleados, pero no hay nadie que pase hambre, seguramente a muchos habitantes de esta ciudad de siete calles, eso no les baste, y tendrán razón, pero miles y miles de hombres en mi país, darían lo que tienen por vivir aunque fuera solo de pan.

El sol brilla cuatro de los cinco días que estoy, es otoño y en una tarde junto a la ría hacen 30 grados, no es normal, dicen que Bilbao es lluviosa, y el frío es muy frío, pero a nosotros la ciudad nos trata bien, clima perfecto para un festival, yo les digo que es porque está contenta de que los que la visitamos por estos días estemos aquí, además de que conmigo siempre va el sol y la buena fortuna, pero los lugareños no creen en esas cosas, son escépticos, están demasiado conectados con la tierra y con la vida.

Me dejo tocar por ese sol, cruzo todos los puentes que me encuentro sobe la ría, el que más me gusta es el de la gaviota, me siento a mirar el Guggenheim, lo he hecho todos los días que he estado aquí, es un objeto hermoso que alimenta mi teoría (seguro copiada de alguien más) de que la belleza es un bien en sí misma, no importa lo que haya adentro de este edificio, eso es lo de menos, dan ganas de tocarlo y de mirarlo, como a esos hombres que son tan bellos y que no saben que lo son.

Me cuesta terminar de decir lo que me pasó en Bilbao, siento que cuando lo haga será como despedirme de ella (¿él?), y no quiero… me voy de allí diciéndole solo hasta luego, ya nos veremos de nuevo para hacer juntos lo que nos quedó faltando: la chuleta de buey, una conversación larga con el guapo de Txema, un partido del Atletic, una vuelta grande en bicicleta, un viaje a las montañas, un asado en al casa de Jon, las clases de Euskera, el amor hasta el amanecer…

Mi amor por Bilbao fue a primera vista, pero es un amor dispuesto a todo, incluso a acabarse por agotamiento, quisiera poder vivirla hasta llegar a odiarla, como solo he hecho con aquella donde nací y que ahora me recibe celosa y tiene que aguantar mi jet lag emocional, yo la miro y no soy capaz de decirle lo que estoy pensando: ¡los de Bilbao nacemos donde queremos!