lunes, 11 de agosto de 2014

Te pido que me avises

Cuando el Hombre pudo por fin negociar con la parca su hora de la muerte, los gobiernos se preocuparon mucho, estaban acostumbrados a gobernar sobre la vida y, sobre todo, sobre la muerte. Esta nueva realidad daba al traste con la mitad del trabajo hecho en el proceso de civilización. Sin embargo, María se alegró mucho, pero no por la perspectiva de poder vivir hasta que quisiera, como todos los demás, sino porque le parecía que antes, morirse así, dejando un cuerpo atrás, como un cascarón vacío y en general feo, era de muy mal gusto. 

Todo esto lo pensó el día que se levantó sabiendo que ya había sido suficiente. Se tomó una taza de su té favorito y supo qué se sentía hacerlo por última vez, entonces decidió lo mismo para cada momento del resto del buen día que se regaló. Le satisfacía, ante todo, poder irse mientras se sentía feliz, le parecía que hacerlo peleada con la vida sería un poco grosero y muy ordinario. 

Mientras miraba el atardecer desde su balcón que daba a las montañas, sintió un hormigueo en la mano izquierda que le confirmó que la hora había llegado. Terminó la botella de vino que se estaba tomando mientras el cielo se oscurecía y con la última copa en la mano fue a preparar el baño. Entró al agua y sintió un placer sutil cuando comprobó que la temperatura era perfecta. Estuvo mucho rato así, dejando su pensamiento correr libre por su memoria, miró sus dedos arrugados por el agua y recordó el día en que descubrió por qué sucedía aquello. Se convenció de que siempre había valido la pena justo cuando el agua comenzaba a enfriarse, así que cerró la boca y abrió los ojos, se sumergió y vio cómo los bordes de su cuerpo se iban desvaneciendo y dejando en el agua una tinta de color cian, mientras un cosquilleo dulce la recorría toda. Alcanzó a pensar, antes de languidecer, que era más hermoso de lo que se había imaginado. 

***

Cuando llegué supe de inmediato que María ya no estaba, entré al hermoso baño que ella misma había diseñado, con su claraboya que miraba a las estrellas, e invadida por un olor suave a citronela me asomé a la bañera en la que se arremolinaba una tinta de color azul. No pude evitar sonreír, metí la mano y acabé de revolver el agua, cuando las figuras desaparecieron del todo para dejarla de un solo color, tiré de la cadena del tapón y me sorprendí diciendo adiós con la mano. Me pregunto quién hará lo mismo conmigo cuando decida convertirme en árbol.

miércoles, 2 de julio de 2014

Mi historia con Andrés

En ese instante me estaba amarrando los cordones del zapato derecho y en la radio dijeron, entre otras muchas palabras que no recuerdo, "mataron a Andrés Escobar". Yo estaba lejos, en el Cauca, durmiendo en una casa de monjas como voluntaria de un grupo de la Defensa Civil que atendía a los damnificados de la avalancha del río Páez. Era muy temprano en la mañana, nos alistábamos para comenzar a trabajar, una de mis compañeras estaba frente a mí, ambas levantamos la cabeza como jaladas de un tirón y ella me miró con ese miedo que da la certeza de la inminencia del dolor que se cierne sobre los demás, después me diría que había visto cómo el color de mi rostro había desaparecido en un segundo. Lo siguiente que recuerdo es a mi mejor amiga de esa época subir corriendo las escaleras que nos separaban, mirarme y acercarse despacio, tal vez me abrazó. 

Yo tenía 17 años y Andrés era mi amor platónico desde que tenía 12. Jung diría que era mi noción completa de masculinidad resumida en un solo hombre. Practicaba el mismo deporte que mi hermano mayor, de quien aprendí todo sobre el fútbol (de qué se trata, cómo funciona, por qué hay que amarlo), era lo más guapo que se podía ver en una cancha, tenía diez años más que yo y, para colmo, vivía al frente del Colegio donde yo estudiaba.

Después de escuchar la noticia, los recuerdos de ese viaje suceden aparte de esa historia, por más que trato, no puedo juntar las emociones de dos tragedias tan distintas. Cuando volví a Medellín, ya todo había "pasado". Recuerdo que dejé el morral de viaje en la cama y vi sobre el escritorio donde estudiaba un arrume de periódicos. Mis papás habían guardado todo lo que se había publicado de Andrés durante esos días, ellos, tan mayores y tan campesinos antioqueños que no compartían casi nada de mis gustos, ella, mi mamá, que aún dice que le parece horrible la música de los Toreros Verdes y los Enanitos Muertos, me dejó los recortes ahí, sin decir una sola palabra y yo supe que se solidarizaba como nadie con el dolor del primer amor caprichoso de su hija adolescente. 

Como si fuera un altar, dejé ese montoncito de papel sin leer, tal como estaba, durante mucho tiempo, con la esperanza de que así la sensación de tragedia desapareciera, de que Andrés desapareciera en el olvido que nos merecen todos los muertos en este país. Siempre he sabido que en ello había algo de vergüenza, creo que en ese momento no pude comprender por qué me dolía tanto la ausencia de alguien a quien no conocía. Y no atiné a saber qué hacer con él y Andrés se me fue al fondo. Lo único que se me ocurrió y a la desesperada fue pelear con el fútbol, como quien se enoja con un desconocido al que nunca le importó porque nunca se dio cuenta. Desde ese día no he visto un solo partido completo de la liga colombiana, el gusto se me fue para Argentina primero y después para España, un tiempo para Italia. Jamás pagué una boleta para ir a ver fútbol. Y de los colombianos solo seguí a la selección y eso si les iba bien. Sí, incluso ahora, con este equipo que vine a ver en el último partido de las eliminatorias al Mundial, y nada más antecitos de que empezara me empecé a dar cuenta de que estos jugadores no se parecen tanto a nosotros, a esa gente que mata lo que más ama porque prefiere verlo muerto que aceptar que no le ama de vuelta como quisiera, porque lo prefiere muerto que contradiciéndole. 

Ahora creo que lo peor de mi historia fue no haber podido estar aquí, acompañando y dejándome acompañar por los millares de dolientes que dejó Andrés, para poder comprender que tenía derecho a ese dolor, porque Andrés era tan mío como de todos nosotros. Ahora, después de tantos dolores de patria, de tantos amados desconocidos muertos que me han hecho envejecer y comprender, puedo decir, por fin, que Andrés nunca me ha dejado de doler en el alma. 

domingo, 8 de junio de 2014

La cura

Una amiga, twittera famosa –eso digo yo que de Twitter sé poco–  o por lo menos afortunada, acaba de entrar en una nueva categoría de lo que se podría llamar “twitteras pudientes” cuando hace pocos días tuvo un intercambio de twitts con el mismísimo Ministro de Salud. Ella se pregunta qué es lo que ha hecho el mismísimo por la salud de los colombianos, el señor le respondió y al final de un par de mensajes de ida vuelta, él quiso zanjar la situación, digo yo, diciéndole que le podía ayudar con “su caso”. No sé en qué paró la cosa, este país, con sus Zuluagas y sus Nairos, ha ocupado el resto de tiempo libre que me queda después de intentar salvar mi propio mundo cada día. La cosa es que a mí la anécdota me indignó con el Ministro porque me parece que lo que queda en el aire es que uno tiene que tener Twitter, además de suficientes “seguidores”, que le permitan ser lo bastante importante en ese mundo irreal que son las redes, para poder que le paren bolas aquí en el mundo real. Así que tengo que confesar que me hubiera jodido menos que el Ministro se quedara en silencio, menos mal habrá algún funcionario público que se solidarice con Alejandro Gaviria, porque claro, a él le valdrá tres huevos mi indignación, problemas más grandes tiene para lidiar con ellos y eso lo puedo entender.

Y lo puedo entender porque sé que hay algo mucho más malvado en ese sistema que nos hemos inventado para privatizar el bien común que antaño era la medicina y que en términos prácticos significaba la posibilidad de curarse de una enfermedad. En ese volverlo un negocio hemos perdido mucho más de lo que hemos ganado. Yo quiero hablar aquí de lo que para mí ha sido la peor pérdida de todas.

Le sobran argumentos a la medicina occidental –la dueña del negocio a través de las farmacéuticas– para proscribir la medicina tradicional y alternativa, pero su argumento más poderoso, con el que pretende zanjar el asunto como el señor Ministro, es que esa otra medicina no cura, como si la occidental sí lo hiciera, o lo hiciera aunque fuera un poco mejor. Pero la verdad es que no, que lo hace peor que todas las demás, y no hablo de la negligencia de la que quiere hablar mi amiga en Twitter.

Después de tres años padeciendo una enfermedad crónica, hace unos días me encontré por fin con lo que vengo temiendo hace la mitad de esos años: un doctor que viene y me receta Roacután. 

Para los que no sepan, este medicamento se hizo conocido en Colombia porque es el antagonista más taimado de la tragedia que escribiera hace poco más de un año Piedad Bonnett, sobre hechos reales ocurridos a su hijo Daniel en el cual especula que el Roacután, un medicamento para curar el acné, ayudó a disparar la enfermedad mental que lo llevó al suicidio. Por supuesto nada está comprobado. Después de leer el libro, googleé al Roacután, en ese momento –lo recuerdo muy bien–, además de una columna donde Piedad Bonnett habla directamente de la droga y algunas referencias a su libro, encontré varios blogs y foros donde la gente contaba experiencias parecidas de contraindicaciones y efectos secundarios que provocaba el medicamento y que iban desde una resequedad completa y crónica de todas las mucosas, con efectos devastadores en el cuerpo y la calidad de vida, hasta síntomas de depresión severa e intentos de suicidio. Toda una historia de terror. 

Hace una semana, en la última estación de mi periplo –lo llamo así por pretenciosa, ha sido más bien una búsqueda desordenada– por encontrar un remedio, fui donde un médico general muy recomendado por una amiga, para consultarlo por otra cosa mucho menos preocupante, pero al ver su experticia y amabilidad decidí hablarle de mi acné fuera de tiempo. Él, con mucha claridad, me expuso varias razones por las que se podía dar este problema, me explicó asociaciones que se podían hacer y al final me dijo que me iba a mandar un medicamento que era completamente efectivo y me recetó Roacután en una dosis muy baja porque mi problema no parecía tan grave. Me habló de las maravillas del medicamento pero me advirtió que era un poco tóxico por lo que no debería quedar embarazada mientras lo consumiera, ya que el “producto” podía sufrir daños. 

Yo esperé todo el tiempo que me hablara de las demás contraindicaciones, me quedé mirándolo y esperando que me dijera algo sobre la depresión, o por lo menos de la resequedad, pero no. Eso sí, muy amablemente me pidió que le firmara la historia clínica donde decía que yo había recibido “toda la información” necesaria sobre el medicamento. 

Después de tres años preguntándome cómo es posible que el hombre haya sido capaz de llegar a la Luna, inventarse el televisor, seguir siendo capaz de esas cosas y de otras aún más difíciles como hacer de la venganza una política pública, no puedo comprender cómo no es capaz de encontrar algo  efectivo para contrarrestar un problema de acné, y no puedo evitar pensar que tiene que ver con la rentabilidad del negocio (la caja de Roacután vale $200.000). Además, si el Ministro parece no poder hacer mucho con la negligencia ramplona de las prestadoras de salud, qué podemos esperar que haga con la ética de un médico que prescribe, así como así, algo que puede afectar sin vuelta atrás la vida de una persona. Sobre todo cuando en internet ya hay que rebuscar mucho para encontrar algún blog que hable del padecimiento de la resequedad, porque de la depresión solo queda la columna de Piedad. En cambio, de primero está un video de un programa casero de Youtube de una española que dedica más de veinte minutos a hablar de lo fantástico que es el Roacután, y la gente a preguntarle cómo se puede conseguir. 

sábado, 24 de mayo de 2014

Voto en blanco

Porque mis convicciones más profundas no me permiten otra cosa; porque esta vez no voy a votar en contra -ya lo hice muchas veces y la última supe que había cometido un gran error no más escuchar el discurso del candidato electo-, porque es la única opción que me deja mi conciencia, porque votar a conciencia es hoy, más que nunca, hacer lo correcto, y en estos tiempos hacer lo correcto es darle algo de pelea al cinismo que nos tiene sin alma.

Voto en blanco porque no puedo votar por Clara López, con quien difiero frente a opiniones que nos definen tanto como la despenalización del aborto y la eutanasia; una mujer liberal que está en contra es, para mí, sospechosa. No voto por ella porque hace parte de un partido (y sí, creo que los partidos aún dicen mucho de los políticos colombianos) que ni en su expresión más inteligente ha demostrado la capacidad para administrar un país. Y porque he oído de sus simpatizantes las más panfletarias respuestas a nuestros problemas.

Voto en blanco porque no voy a votar por Peñalosa. Sin ponernos a hablar de delitos que no se le han comprobado -pero que yo creo que cometió- está visto que en realidad cree que no todos somos iguales, "trabajé como obrero raso en una construcción, tan raso que era el único no negro de la obra" dijo una vez; no creo que alguien que diga semejante cosa en voz alta y en público esté capacitado para gobernar un país que es uno de los más desiguales del planeta. Es un tipo con pocas propuestas sociales que quiere quedar bien con todo el mundo. Nada que me represente menos. Y pocos seres humanos menos capacitados para gobernar con justicia que aquellos que apuntan a decir lo que el otro quiere escuchar.

Voto en blanco porque no puedo votar por Santos, un señor que era uribista, que lo fue hasta hace nada. Y, en mi opinión, Uribe es demasiado en sí mismo, pero por lo menos está convencido de lo suyo a partir de lo que le dicta su monstruo interior; sin embargo, verlo desde afuera y declararse seguidor convierte a cualquier persona con un dedo de poder en la frente en una amenaza pública (lo mismo va para Peñalosa, que también es uribista solo cuando le conviene. No hablemos de Oscar Iván). Tampoco puedo votar por alguien que es responsable -aunque sea por una omisión del tamaño de un elefante-, de la tragedia nacional que son los falsos positivos.

Voto en blanco porque no puedo votar por Marta Lucía Ramírez. Yo no sé si la han visto tan poco como yo, pero de ese poquito solo me queda esta sensación: pobrecita, no sabe dónde está parada, lo que sabe, lo sabe por RCN y la W. Pero dejando ese argumento, la doctora Ramírez salió elegida como candidata de su partido en unas elecciones que fueron lo que se dice una porquería de corrupción de lo más rastrero.

Y  de ninguna manera voy a votar por Oscar Iván Zuluaga. Nada más de verle la cara uno sabe que algo muy malo va a pasar cuando sea presidente. Por supuesto, eso no es lo peor, lo peor es lo que todos sabemos, lo peor es lo que revela el video, lo peor de todo es lo que revela la respuesta del candidato cuando se le preguntó por el video, y no digo más porque pa’ qué.


Por eso voy a votar en blanco y no será -como dijo Héctor Abad en su pasada columna- por nosotros los que votaremos en blanco que este país quede a merced de la derecha, no señor. Muy posiblemente Iván Zuluaga ganará, y con él la ultra derecha gobernará a Colombia por otros ocho largos años, pero no será por nuestros votos en blanco, será porque desde Punta Gallinas, hasta Leticia, y como los noticieros no se han cansado de mostrarnos estas últimas semanas, este país se lo merece. 

martes, 13 de agosto de 2013

Nada más qué temer



El fantasma sabía que ella era quien tenía el poder de hacerle aparecer, sin embargo, si alguien le hubiera preguntado, ella habría preferido disimular para no tener que abdicar ante ese poder; por eso, la tranquilizaba el hecho de que ya nadie le preguntara por su expresión anonadada cuando las cortinas sonaban mientras se movían solas: nadie quería verla dudar y tener que reconocer que estaba loca. Ella, a su vez, procuraba no abrir ningún interrogatorio que pudiera llevar al otro a creer que tenía derecho de hacer lo mismo, no porque le diera vergüenza la locura, sino porque la mirada incrédula de los otros la devolvía a ese terreno pantanoso de la especulación, que además de antojársele vulgar, le aterraba.

Después de un tiempo en el que el fantasma se aparecía casi todos los días, ella había comenzado a pensar seriamente en el asunto; le había dado muchas vueltas y a pesar de su innegable inteligencia, contaba solo con un par de conclusiones. Al principio, por supuesto, quiso hacer ver a los otros el fantasma que tan palpable era para ella, fue inútil. Peor aún fue pensar que existía otra alternativa posible para responder a esa necesidad de no quedarse sola con él, se dedicó entonces, y con urgencia, a pedirle a los demás que corroboraran lo que a todas luces solo ella veía, no hacen falta muchas competencias para darse cuenta de lo absurdo de esta situación, así que rápidamente dejó la empresa imposible de desear que los otros –simplemente– le creyeran cuando juraba que era verdad que un fantasma la visitaba todas las noches y algunas tardes. Intentando verse a sí misma a través de los demás estrategia de comprensión que usa toda persona inteligente se dio cuenta de la mencionada falta de elegancia en la que estaba incurriendo. Fue también por esos días que toda la cuestión le provocó terror. Las confundidas preguntas de los demás, sus caras de escepticismo, inevitablemente, la ponían a dudar, no de su cordura que ella sabía hasta dónde llegaba sino de la existencia misma del fantasma y la conexión entre él y sus manifestaciones. Y lo más pavoroso de todo: a pesar de esa puesta en duda, el fantasma no dejaba de estar ahí.

Sin embargo, el fantasma siempre supo lo que ella tardó años en darse cuenta: un fantasma es como cualquier otra cosa en el mundo, que para que exista, hacen falta dos, a saber, la cosa y el que la ve desde afuera. Y esto es así, si bien los filósofos aún se preguntan si una estrella existe aunque no la veamos; el fantasma y ella decidieron que no y que todos los científicos que contradicen esta verdad están chiflados, o a ver dónde están las investigaciones sobre las estrellas que no vemos: ¿cuántas son?, ¿dónde están ubicadas?, ¿cómo se llaman?, ¿cuantos años tienen? Y si una cosa no tiene nombre ni edad no puede existir, todos los niños lo saben, por eso hacen estas dos preguntas en primer lugar, antes de cualquier otra cosa como pedir un helado o que les presten las llaves. Aclaración para evitar acusaciones de locura que a estas alturas no tienen ningún sentido: se conoce la existencia (Luca, 13 años por estos días) de por lo menos un niño, que hacía esta última pregunta después de las dos anteriormente mencionadas, es decir, nombre, edad, ¿me prestas tus llaves?

Así las cosas, ella hizo lo que su madre siempre le aconsejaba en estos casos y se “echó al dolor” de vivir con un fantasma. Que no era muy práctico y ahuyentaba a la mayoría de la gente, fue lo primero que tuvo que aceptar, después entendió que a la gente la ahuyenta casi cualquier cosa buena para la salud. Cuando se sentía con ganas de estar con gente, se hacía la cuerda, era muy fácil, solo tenía que ponerse muy seria e intentar mantenerse en la mitad de cualquier cosa, ni muy fría, ni muy caliente, ni muy feliz, ni muy triste. No hubo quien no se complaciera con su nueva actitud. Y cuando el fantasma hacía algún ruido al pasar, ella fingía y decía cosas como “ha sido el viento” o “los fantasmas no existen”, aunque a veces se compadecía de sus personas favoritas y entonces les decía, muy pacito para que nadie más oyera: “no estás loco, yo también veo un fantasma”. 

domingo, 14 de julio de 2013

Esas cosas que me pasan

Cuando estábamos en la universidad, tuvimos un tiempo, mi amiga desde esas épocas y yo, que nos dio por ir cada dos años al Festival Iberoamericano de Teatro. Nos enamoramos de Bogotá en esos paseos en los que teníamos plata nada más que para caminar y caminar entre una obra callejera y la otra, y para dos funciones en sala que había que escoger con mucho cuidado. Se podrá suponer que esos días sucedían como dentro de Gran Hermano —pero sin cámaras—: podíamos sostener conversaciones de seis horas solo interrumpidas por algunos silencios de abstracción acompañada. Por supuesto, no había tema que no se tocara, ni chisme que no se depurara hasta lograr la elegancia a la que aún hoy aspiramos.

Un día de esos, metidas en Tower Records, mirando discos en uno de sus callejones vacíos, nos dio por hablar del profesor con el que mi amiga coqueteaba, a nuestras anchas lo fuimos dejando como un cuero —igual estábamos a 900 kilómetros del tipo—. En nuestra defensa hay que decir que desde ese entonces, además de poco ético (que muchos profesores universitarios lo hagan no le quita al gesto su dudosa calidad moral), el tipo ya era un cojo emocional de profesión, con lo cual no hacía sino dar papaya. Pues sí que, tras haber probado nuestra inteligencia en los más finos chistes, nos encaminamos hacia el otro callejón. Yo iba detrás, y cuando doblábamos la esquina, lo que antes era la Cordillera Oriental se convirtió en el stand que separaba los discos de los libros. En una milésima de segundo mi amiga ha alcanzado a ver al mismísimo susodicho profesor muy ensimismado viendo algo, justo detrás del lugar donde hacía unos segundos nosotras habíamos dejado al pobre títere sin cabeza. Tuvo él la decencia —todo hay que decirlo— de no levantar la cabeza hasta que nosotras nos escabulléramos, medio atragantadas con una carcajada, alejándonos —esta vez sí— lo más que pudimos.

II
Andaba de niñera en Alemania, por esos días me encontraba por primera vez con las disfuncionalidades de personalidad que desembocarían en el lugar de manicomio que es mi adultez, y por supuesto, desde ya, trataba de conjurarlas a punta de conversaciones con mis hermanas de inmigración. Una de ellas me invitó a una fiesta en un bar para celebrar no me acuerdo qué. Como no conocíamos a casi nadie, nos pudimos dar el lujo de hablar español sin ser demasiado maleducadas, seguro yo ya necesitaba terapia incesante y en alemán era muy difícil.

Después de un rato, la muchacha que nos atendía cambió puesto con un tipo que podía hacer sentir al más sexy modelo de Hugo Boss como el jorobado de Notre Dame, y así lo expresé, en un español acelerado y cerrado por si las dudas algún compañero de mesa tenía alguna noción. De ahí en adelante, cada vez que el mesero se acercaba, a mí se me ocurría una nueva guarrada para describirlo. Casi al final de la noche, mientras pedía la cuenta en alemán y dejaba volar mi imaginación al respecto en español, a mi amiga se le ocurrió la idea de que lo único que me faltaba pasar en aquel desdichado país era que el mesero hablara nuestro idioma, yo me morí de la risa con lo gracioso del chiste, pagué mi parte a Hugo y le agradecí por su atención, él —tal vez un poco demasiado amable— me dijo: “con mucho gusto”, en perfecto castellano.

III
Como en los últimos cuatro años, hace unos meses, me fui un fin de semana a la Feria del Libro de Bogotá. Mi amigo Pedro me había enseñado la que sería —él lo sabía— mi librería favorita de la ciudad. Quise compartir el descubrimiento con todo el mundo y un viernes que no paró nunca de llover, decidimos encontrarnos allí con Juan, uno de mis mejores amigos paisas, el mismo que una prestadora de servicios del sector petrolero se llevó hace dos años a Bogotá y que a falta de más tiempo tuve que educar sobre la ciudad en los pocos días que estuve allá. El futuro cliente llegó a Casa Tomada después que Pedro y yo ya nos habíamos tomado la primera ronda de té. Su emoción por el lugar, aunque predecible, me ayudó a entrar un poco más en calor. Con el ánimo de que sus ojos brillaran un poquito más, le anuncié que la librería tenía atrás un stand completo de los Libros del Zorro Rojo, nuestra editorial favorita. Alguna cosa que no habíamos visto debería estar esperándonos, le dije, y antes de que pudiera  terminar, él ya estaba buscando el dichoso stand. Llegamos hasta la puerta de la sala de literatura infantil y juvenil y tuvimos que parar en seco porque había un taller de ilustración. Me dio un poco de vergüenza tener que pasar por toda la mitad, entre el profesor y los alumnos, para llegar a nuestro objetivo, pero al lado de Juan y Pedro, la vergüenza tiende a extinguirse rápidamente. Para el momento en el que acabé de pensar en esto, mi amigo ya había cruzado la sala en un solo salto de gacela, yo, que tengo las piernas cortas, lo seguí lo más rápido que pude y susurré un par de "perdones" que no sé si alguien quiso escuchar.

Igual, al tomar el primer libro, ya no importó, porque ahí entramos en un mundo que solo nos pertenece a algunos privilegiados que nos gusta ese género maravilloso del que se ha hecho cargo Zorro Rojo. Algo que se podría llamar literatura ilustrada y que me gusta tanto como me gustaría que me gustara todo lo demás (uno se pierde de mucho cuando no le gusta algo, desde la cebolla hasta las personas del mismo sexo, pasando por la poesía o el fútbol), pero nuestro corazón, a pesar de que tiene la capacidad de un parqueadero, no podría soportarlo. Echamos una mirada rápida y nos abalanzamos sobre una copia de El monje y la hija del verdugo,  ilustrada por Santiago Caruso. Y aquí tengo que hacer una precisión.

Caruso es un ilustrador argentino que conocí por otro libro de Zorro Rojo, una versión de La condesa sangrienta, de Pisarnik, ilustrada por él y que tengo por costumbre sobar por lo menos una vez al mes. Santiago —me disculpará él por la confianza— es para mí, además de indispensable —como muchos otros que se dedican a la hermosa labor de ilustrar las palabras—, un ilustrador que, quién sabe cómo y por qué, me hace sentir que alguien me vio por dentro. Tengo una teoría personal de que eso es el arte: la capacidad de que algo te hable de ti mismo de manera tan íntima como para abochornarte; no sé si a ustedes les ha pasado. 

Sigo con la historia. Abro cualquier página de El monje, no puedo evitar mirar a Juan, mostrarle y exclamar: “este tipo tiene huevo”. Estoy completamente segura de que fue coincidencia porque de verdad que lo dije en voz baja, pero en ese momento el profesor de acento extranjero les explica algo a sus alumnos, mientras alza un poco la voz, tanto, como para interrumpir mi placer asombrado. Trato de no hacer caso y ni lo miro, pero pienso —porque mi desvergüenza tampoco llega a tanto como para sentir que mi puro egoísmo es los suficientemente válido como para decirlo en voz alta— ¡que yo estoy haciendo un esfuerzo grande para no interrumpir, que solo hablo bajo porque finalmente no voy a comprar el libro aquí, pero que bien podría este tipo no gritar para no distraerme mientras miro el último trabajo de mi ilustrador favorito que, estoy segura, ya quisiera ser él!.

Salimos de ahí corriendo, Pedro nos esperaba leyendo y con un par de tés que bebimos rápidamente para no llegar tarde al teatro.

Una vez en Medellín, en la sobada de libros del mes, se me ocurre buscar a Caruso en Facebook, le doy “me gusta” a su fan page, me pongo a ver dibujos, y de las primeras cosas que encuentro es una foto en la que está etiquetado junto a una chica colombiana que la publica y en la que aparece al lado del profesor del taller de ilustración al que asistió en abril pasado. Por supuesto identifico el lugar, es Casa Tomada. 

jueves, 24 de mayo de 2012

Querido Bartleby


Hace un par de meses, esa maravillosa editorial independiente que se llama Tragaluz lanzó un concurso que, como todo lo demás, invitaba a participar con el mero nombre; Primera página se llamaba y consistía en escribir precisamente la primera página (no más de 2.400 caracteres) de un libro imposible llamado Las cartas que Bartleby leyó. Bártleby, para los que no sepan, es el personaje de un cuento de Herman Melville; escrito a principios de siglo, Bartleby el escribiente se convirtió en un texto de culto del que se dice fue una de las grandes influencias de la narrativa contemporánea. Oscuro y desconcertante el relato resulta bastante sugerente, lo que hizo del concurso, con su maravilloso título (para entenderlo mejor, no sólo al título sino esto que escribo, es preciso leer el texto que se puede descargar aquí), una coquetería imposible de rechazar. Y aunque no hice parte de los cinco textos a publicar, aquí está mi Primera Página.


Querido Bartleby

Se sorprenderá de recibir esta carta dirigida a usted en medio del tumulto que a diario (yo sé) lee antes de tirar a la pira. No es difícil encontrar a alguien que tiene como oficio ordenar las cartas muertas, sólo hay que escribir una. He de confesarle que ya alguna vez he escrito una nota a alguien que jamás la leerá y, en el colmo del abandono, la he enviado a dirección incorrecta, esperando el milagro de que las manos que la llevan a tan buena muerte, sean tan delicadas, que aquello que me une con el destinatario imposible arda también con ella.

No me creerá si le digo la verdad, pero es mejor que la sepa si quiero que llegue a comprenderme: acabo de cerrar un libro donde usted es el protagonista. Sí, amigo (déjeme decirle así, sólo a un amigo se le pueden decir estas cosas), es usted un personaje. Pero no se aflija ¿quién puede decir que no lo es? Yo muy bien podría serlo de una historia que usted leyera, y así lo intuyo Bartleby, entre nosotros hay un muro que hace de espejo, somos la proyección negativa el uno del otro, miro la pared que tengo al frente mientras escribo y lo veo a usted del otro lado, de pie mirando una ventana.

Al contrario de usted yo vivo en un mundo luminoso, la gente toda es tan brillante, tan competente, llena de ideas, cada cual más formidable, pero no como las mías, contenidas en párrafos que aquí llaman interminables, sino ideas tan preciosas como precisas, que en 140 caracteres logran decir todo lo que quieren. Semejante asepsia la logramos tratando la oscuridad con potentes reflectores, estallando la luz contra las sombras hasta que las cosas casi dejan de tener volumen. Por eso, cuando los de aquí lo leen, no pueden dejar de sentir lástima por usted, pero yo no, Bartleby, lo que yo siento es envidia de su capacidad de ponerle fin a todas las expectativas que la gente de bien (como su próximo jefe) tiene sobre usted, debe ser el hombre más libre que haya conocido, ya quisiera yo su talento para la simplicidad, su facultad para el silencio, la férrea convicción con que se pierde horas haciendo tareas intrascendentes porque así lo prefiere. Acaso una de esas veces usted también me vea y me regale la compasión que merezco, porque solo usted, Bartleby, va a entender si le confieso que yo quisiera ser como usted, que con total impunidad es lo que en verdad todos somos: insignificante.

Suya,

a.